«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tendencias “Fintech”: diálogos en Fráncfort del Meno

(Publicado en EnFintech el 6 de diciembre de 2017)

En un ejercicio de transparencia, el Banco Central Europeo (BCE) dedica un espacio en su página web al conocido como “Banking Industry Dialogue”, que es un foro de intercambio de impresiones entre el supervisor y la industria bancaria europea sobre temas de actualidad con impacto en la estabilidad financiera y en la política macroprudencial. El grupo está encabezado formalmente por el presidente del BCE y se reúne dos veces al año en Fráncfort del Meno.

El contenido de lo tratado en las reuniones es de una importancia extraordinaria, pues en ellas se discuten las verdaderas inquietudes del BCE, de los grandes bancos europeos, las tendencias, los riesgos, las oportunidades…

La lectura de las actas nos permite sumergirnos, sin intermediarios, en la realidad de la banca del presente y del futuro más inmediato, y la conclusión es que casi todo lo que podemos leer en la prensa económica, fuera de ambientes reservados, es fiel al panorama que se dibuja en estas reuniones, lo que nos parece una buena señal, un indicio de limpieza.

La última reunión se celebró el 8 de noviembre de 2017, y el acta de la sesión es de 29 de noviembre de 2017 (“Summary of Banking Industry Dialogue on 8 November 2017 in Frankfurt am Main”).

La lista de autoridades y entidades que asistieron se pueden consultar en el propio documento, pero lo relevante, en todo caso, no está en los sujetos sino en el objeto de lo discutido.

Según el documento, el fenómeno “Fintech” se percibe por el sector como una oportunidad, pues los bancos pueden tomar ventaja de los avances tecnológicos. También podrían, por ejemplo, adquirir compañías, formalizar alianzas con las entidades “Fintech” o desarrollar proyectos propios con las ideas suministradas por las empresas tecnológicas. Aquí se afirma, sin embargo, que los bancos más pequeños tienen menores posibilidades en esta arena, ya que las inversiones necesarias son de gran escala. 

Si los bancos quieren seguir siendo competitivos deben invertir en tecnología para poder ofrecer servicios digitales. Es evidente que la inversión no rendirá hasta pasados algunos años, por lo que los bancos podrían optar por las fusiones transfronterizas para ganar tamaño.

La prestación de unos mismos servicios debería quedar sometida a unas mismas reglas, con independencia de qué tipo de entidad los ofrezca, se sugiere.

Al parecer, según el acta, y esto nos parece un enorme error de concepto y estratégico, no se refirió como un factor clave la adecuada protección y satisfacción del cliente, más allá de una somera referencia a los nuevos servicios financieros ofrecidos “on line”.

El riesgo de que las grandes empresas tecnológicas (las célebres GAFA) incorporen servicios financieros en sus plataformas se valora por los bancos europeos como un potencial reto competitivo. Se hizo notar en Fráncfort del Meno que, como ya sabemos, algunos de estos gigantes tecnológicos han desarrollado estructuras de pago, aunque, normalmente, en cooperación con los bancos, y que, en algunos casos, prestan servicios de financiación. 

Consideramos que esta alianza entre concepciones, entidades y propietarios tan divergentes podría encubrir una “paz armada”, o bien dar cobijo a una verdadera “entente cordial”: el tiempo dirá. 

Los bancos cuentan con infraestructuras físicas (el espacio real también cuenta) y tecnológicas, datos, clientes, la reserva legal para captar depósitos y centurias de experiencia —un activo que quizás no tenga demasiado valor en el presente—, además de una muy estrecha y especial relación con los Estados…

Si el sector “Fintech”, por mucho que cuente con el favor de los usuarios más jóvenes y tecnificados, se precipitara y lanzara un “ataque” sin la suficiente madurez y a destiempo, los resultados del choque serían fácilmente predecibles.

No son escasos los retos del sector, ni, como cuando cayó Constantinopla en 1453 ante el empuje de Mehmed II, pocas las grietas en las murallas del tradicionalmente inexpugnable sector bancario. Quizás el escenario más adecuado, ciertamente, sea el de la cooperación, en beneficio de todos los oferentes de servicios financieros y, especialmente, de la clientela que los recibe y paga.

 

sábado, 14 de octubre de 2017

El "apagón" de 2022 y su impacto en las finanzas

En el año 2022 se produjo el “apagón” (“black-out”), por motivos no esclarecidos todavía del todo. Hay quien afirma que los “Nexus”, en alguna de sus diversas versiones, se vieron implicados más o menos directamente en los hechos que lo originaron.

El flujo de energía eléctrica tradicional y nuclear quedó interrumpido durante meses, por lo que todas las máquinas alimentadas por esta fuente de energía quedaron inútiles, inservibles. 

La ingente cantidad de datos acumulada en soporte digital se perdió o quedó deteriorada irreversiblemente. Las grandes compañías y plataformas que, gracias al tratamiento masivo de datos, parecía que dominarían la economía mundial durante, al menos, el resto del siglo XXI, quebraron súbitamente. Entre ellas cabe citar, por ejemplo, a la Tyrell Corporation.

Los humanos, pero también los cíborgs y los robots, tuvieron que volver a formas de vida anteriores a las propias de las surgidas al albur de la Revolución Industrial. 

A pesar de la abundancia de máquinas —inertes—, la vida en Los Ángeles en 2022 era más similar a la desarrollada por los pobladores de las cuevas de Altamira, miles de años atrás, que a la de los habitantes de una ciudad como Londres en el año 2000. La contradicción no podía ser mayor. 

Pocos habían valorado en su justa medida la dependencia de la energía y la vulnerabilidad de los datos almacenados en soporte electrónico ante un corte prolongado del suministro y las tensiones magnético-ambientales.

La economía mundial se desplomó, y el sueño, para unos, o la pesadilla, para otros, de un planeta globalizado y culturalmente homogéneo desapareció como las lágrimas en la lluvia. 

Con el restablecimiento de la energía, con unas infraestructuras de toda índole seriamente dañadas por el desuso y por la agitación y el conflicto social, fue posible, como en la Edad Media, el surgimiento de enormes orbes separadas del exterior por grandes murallas para proteger a “la barbarie de la barbarie”. Estas “megaciudades” estaban, por tanto, prácticamente desconectadas entre sí. 

La contaminación ambiental, con origen en el desbocado crecimiento industrial del siglo XX, y, sobre todo, en el “Conflicto Armado Nuclear”, empujaron a la búsqueda y al asentamiento de nuevos espacios para la vida humana en el mundo exterior.

La Tierra quedó como un lugar destinado a habitantes de segunda, aunque gracias a la Wallace Corporation se pudo, al menos, alimentar a la población con comida artificial y crear una nueva generación de robots para realizar las tareas más arduas en un entorno para el desarrollo de la vida cotidiana extraordinariamente hostil, a la vez que se facilitaba la salida del planeta, para aquellos que pudieran permitírselo, hacia destinos más estables y prometedores.

Curiosamente, la Wallace Corporation asentó su hegemonía tecnológica en un poder financiero tosco y arcaico. En el fervor de la “Cuarta Revolución Industrial”, ante la presión de las que fueron conocidas como las empresas “Fintech” y una vez retirados todos los billetes y monedas soberanos en circulación, los grandes bancos mundiales se digitalizaron absolutamente, sin mantener un solo dato en soporte papel.

Las consecuencias del “apagón” de 2022 fueron letales para estos grandes bancos, que, privados de energía y de los datos conservados en soporte digital, no pudieron desarrollar su actividad ni prestar sus servicios.

La ausencia de dinero físico fue la causa del retorno de la permuta para el intercambio de bienes y servicios, lo que aceleró el declive de las grandes entidades financieras, en una economía de subsistencia en la que los humanos, cíborgs y robots cada vez necesitaban menos de intermediarios financieros y más de un milagro para sobrevivir.

Los bancos de menor tamaño que no se digitalizaron, que siguieron conservando archivos en papel y una operativa más primitiva y localizada territorialmente, fueron los que, al regresar la energía, pudieron retomar su actividad de modo más efectivo. Se convirtieron en grandes. Fueron adquiridos por la Wallace Corporation, que, partiendo de estos despojos, edificó su grandeza y supremacía.

sábado, 4 de marzo de 2017

Regulación financiera y “Fintech”: el “Libro Blanco”

[Publicado en Legal Today el 3 de marzo de 2017]

La expresión “Fintech” (del inglés “Financial Technologies”) va perfilándose cada vez más en sus contornos y en su enorme potencialidad para las empresas de este emergente sector y sus inversores, para las entidades financieras que se pueden beneficiar de sus servicios y, en suma, para los usuarios de servicios financieros.

Según IOSCO (2017), el término Fintech da cobijo a una variedad de modelos de negocio innovadores y tecnologías que tienen el potencial de transformar la industria de los servicios financieros. Esta amplitud —acaso excesiva para tratar de reducir a un denominador común toda la riqueza del fenómeno— se podría concretar en ocho categorías específicas en función de la actividad desarrollada: pagos, seguros, planificación de finanzas personales, préstamos y “crowdfunding”, “blockchain” (monedas virtuales), “trading” e inversión, análisis de datos y seguridad. Gracias al desarrollo de internet y a la capacidad de las computadoras —un solo “smartphone” de la actualidad cuenta con mayores recursos que la NASA en 1969—, muchas Fintech ya ofrecen servicios y productos en las mismas líneas de negocio que los intermediarios financieros tradicionales. Por lo tanto, no es de extrañar que en 2015 el sector haya recibido una inversión de 19.000 millones de dólares.

En febrero de 2017 se ha presentado el “Libro Blanco de la Regulación Fintech en España” (en adelante, el “Libro Blanco”), auspiciado por la “Asociación Española de FinTech e InsurTech”. Es mucho lo que hay en juego, por lo que las empresas y los países de acogida se están posicionando, pues, como es natural, los primeros en consolidarse serán actores clave en este nuevo sector. La misma CNMV ha habilitado en su web un espacio para promover las iniciativas en el ámbito Fintech en España y facilitar ayuda a los promotores de proyectos y las entidades financieras, lo que muestra una confluencia de los intereses privados con el público.

La misma existencia del Libro Blanco denota la preocupación del sector Fintech por el vigente marco regulatorio, que podría no ser el más adecuado para el florecimiento de esta industria en nuestro país, lo que resultaría particularmente beneficioso, se afirma expresamente, para el consumidor. Esta incertidumbre se aprecia en las continuas y reiteradas referencias en el Libro Blanco a la necesidad de disponer de “puertos seguros”, aunque la complejidad de la realidad actual no parece permitir que nadie pueda navegar con serenidad en estos tiempos revueltos, ni siquiera las entidades disruptivas como las Fintech.

El análisis en profundidad de las medidas propuestas en el Libro Blanco requeriría de un espacio mucho mayor del que ahora disponemos, por lo que nos limitaremos a comentar brevemente algunos de sus aspectos, a nuestro parecer, más destacados.

Inicialmente, parecía que las Fintech serían una alternativa al sistema financiero tradicional, aunque esta visión se ha ido suavizando paulatinamente y se parece abrir, más bien, un ámbito de cooperación entre los diversos implicados. De hecho, según el Libro Blanco (pág. 12), desde un punto de vista subjetivo, el concepto Fintech englobaría tres tipos de actores que interactúan entre sí:

1) Nuevos operadores que desean prestar servicios regulados sujetos a la obtención de autorización previa y de ámbito limitado en cuanto a la actividad a desarrollar en el Sector Financiero.

2) Operadores ya autorizados que desarrollan actividades más amplias en el ámbito financiero, y que desean aplicar el uso de nuevas tecnologías que faciliten determinados procesos en la prestación de sus productos y servicios.

3) Empresas tecnológicas o “tecnólogos”, que se conciben como entidades que prestan servicios no sujetos a autorización y cuya actividad está basada exclusivamente en el soporte tecnológico a los actores regulados previamente identificados.

Se admite expresamente que “la utilización de la tecnología por parte de las entidades del Sector Financiero no es un acontecimiento nuevo” [1]. Evidentemente, esto no impide que las entidades financieras tradicionales se vean sometidas a presión por la aparición de estos nuevos agentes y por el cambio tecnológico, en un momento en el que el modelo de negocio tradicional, sobre todo el de las entidades bancarias, se encuentra en entredicho por un escenario de tipos de interés cercanos a cero o incluso negativos, en el que se alienta a las entidades a obtener más ingresos vía pago de comisiones por la clientela. Según la Presidenta del Mecanismo Único de Supervisión del Banco Central Europeo (Nouy, 2016, pág. 24), la digitalización de los servicios bancarios ofrece oportunidades para alcanzar una mayor eficiencia, nuevos canales de distribución y nuevas fuentes de ingresos, en un contexto de menor dependencia de los ingresos procedentes del crédito concedido (intereses).

Es más, algunos de los mayores bancos europeos son españoles, lo que facilitaría la demanda de servicios ofrecidos por las Fintech y su consolidación, como se admite en el Libro (pág. 17): “las entidades financieras ya existentes se constituyen como uno de los actores determinantes en el desarrollo del fenómeno FinTech”. 

La inactividad de las autoridades españolas podría suponer la pérdida de una oportunidad para el desarrollo económico en favor de otros países, y una desventaja competitiva para los bancos españoles, se concluye.

La oferta de servicios por las Fintech, como se expresa en el Libro Blanco, redundará en beneficio de los consumidores. Ahora bien, este nuevo consumidor financiero va a ser radicalmente distinto del de las últimas décadas. Esta es la época de los “millennials”, que han nacido en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Según los resultados de la encuesta “The Millennial Disruption Index”, el 71% por ciento de los encuestados preferirían ir al dentista antes que su banco; el 68% por ciento cree que el acceso al dinero será pronto totalmente diferente; el 70% que la forma de pagar por la adquisición de bienes y servicios será, asimismo, distinta en el corto plazo; el 73% que estarían dispuestos a recibir servicios financieros de empresas como Google, Amazon, Apple, Paypal o Square; y la mitad aproximadamente están convencidos de que la innovación vendrá desde fuera de la industria financiera. En consecuencia, parece evidente que serán dos las tendencias: de un lado, los tradicionales oferentes de servicios financieros se adaptarán para atender al nuevo tipo de cliente, y, de otro, las empresas Fintech procurarán sacar partido de los nuevos hábitos de estos consumidores, lo que podrán realizar con sus propios medios exclusivamente, o bien integrándose o aliándose con los actores financieros tradicionales.

Como se desprende del Libro Blanco, hay entidades Fintech que no necesitan autorización administrativa para operar (por ejemplo, se limitan a desarrollar aplicaciones informáticas o elementos materiales como cajeros automáticos o chips electrónicos para terceros), pero, en cambio, hay otras que sí han de contar con ella, dado que desarrollan servicios sujetos a autorización (servicios de pago, dinero electrónico, servicios de inversión o auxiliares, financiación a través de plataformas de la Ley 5/2015, de 27 de abril, etcétera).

Una buena parte de las propuestas del Libro Blanco tienen por objeto incidir en el régimen de autorización, ejercicio, supervisión y disciplina de algunas empresas Fintech, acelerando plazos o simplificando requerimientos para obtener la autorización, habilitando “espacios reales de pruebas” (“sandboxes”), estableciendo exenciones en la aplicación de algunas obligaciones de conducta o creando “espacios virtuales de pruebas”, de modo que no se genere un riesgo para los consumidores, la integridad del mercado o la estabilidad del sistema. Asimismo, se considera que habría que suavizar los requerimientos de capital de algunos tipos societarios empleados por las Fintech, los rigurosos requisitos organizativos o las exigencias de idoneidad de los miembros de los consejos de administración y directivos, a la vista de la limitada actividad desarrollada, o de su carácter accesorio respecto a otra actividad principal no financiera.

Estas propuestas son, en general, razonables, pero su efectividad práctica puede chocar con la circunstancia de que tanto la regulación como la supervisión del sistema financiero español corresponden en su práctica totalidad a las autoridades europeas. Por consiguiente, el margen de actuación de las autoridades españolas puede ser reducido en exceso, a salvo de algunas materias no reguladas —todavía— desde Europa, como el “crowdfunding”, las monedas virtuales o las infraestructuras tecnológicas que sirven de base a estas (“blockchain”). En cualquier caso, no parece que las Fintech se puedan liberar fácilmente de la presión regulatoria —que no cesa— ejercida sobre el sistema financiero, presión que puede ser más intensa aun en términos proporcionales, dados los menores medios materiales y humanos con los que aquellas van a contar en los momentos iniciales de su actividad.

Por destacar algún aspecto cuyo análisis hemos echado de menos en el Libro Blanco, nos ha parecido que son muchas, en efecto, las potenciales ventajas del sector Fintech, aunque también merecerían una sosegada reflexión los nuevos riesgos que se podrían generar para todos los agentes implicados (particularmente para los consumidores) y para la estabilidad financiera (recordemos el “flash crash” del 6 de mayo de 2010, cuando se produjo el súbito hundimiento del índice “Dow Jones Industrial Average” —véase López Jiménez, 2016a— o el más reciente “flash event” de 7 de octubre de 2016, con una profunda caída de la cotización de la libra esterlina frente al dólar; en ambos casos, la negociación algorítmica contribuyó a la generación de estas incidencias en los mercados financiero y de divisas).

Podemos tomar como referencia equiparable la reciente mención de la CNMV (2017) a propósito de su primera acción de “mistery shopping” y el mensaje lanzado a las empresas de servicios de inversión: los clientes deben ser informados adecuadamente de los instrumentos financieros, debiendo ser destacados, además de los beneficios potenciales de los mismos, sus riesgos. Esta recomendación, traída al ámbito Fintech, sería especialmente oportuna por los formidables retos que se abren ante la implosión de las nuevas tecnologías y su aplicación a las finanzas (piénsese, por ejemplo, además de en los acontecimientos anteriormente citados, en el impacto de las monedas virtuales en la política monetaria de los bancos centrales, o en los riesgos en materia de protección de datos de carácter personal o en la prevención del blanqueo de capitales). 

La nueva forma de hacer finanzas requerirá que las pequeñas y las grandes compañías tecnológicas se alíen con el sector financiero tradicional para que esta ineludible transformación sea posible, idea que parece latir en el fondo del Libro Blanco. De esta trinidad conformada por las instituciones tecnológicas, el sector financiero y sus clientes podría surgir una unión casi perfecta, satisfactoria para todos los implicados, incluidos los poderes públicos.


Referencias bibliográficas

CNMV (2017): Comunicación de la CNMV sobre la primera actuación de supervisión utilizando la herramienta de “mystery shopping”, 22 de febrero.

IOSCO (2017): “Research Report on Financial Technologies (Fintech)”, February.

López Jiménez, J. Mª. (2016a): “Negociación de alta frecuencia: el día que David no pudo derrotar a Goliat”, Estrategia Financiera, nº 334, enero.

López Jiménez, J.Mª. (2016b): “Fintech: primeras reflexiones”, Blog “Sistema Financiero” (http://todosonfinanzas.blogspot.com.es/2016/03/fintech-primeras-reflexiones.html), 28 de marzo.

Nouy, D. (2016): “The European banking sector: New rules, new supervisors, new challenges”, Università la Sapienza, 21 November.

“The Millennial Disruption Index” (http://www.millennialdisruptionindex.com).


(*) Este artículo ha sido realizado en el ámbito del Proyecto de Investigación del Ministerio de Economía y Competitividad “Marco Jurídico Privado de la Economía Colaborativa: La protección del Consumidor (DER2016-78139-R)”, al que pertenece el autor.

[1] Al respecto, véase López Jiménez, 2016b: “El sector financiero es un sector que, al menos en los últimos años, ha tenido un claro compromiso con las nuevas tecnologías, tanto por necesidad como por imperativos estratégicos. […] Todas las grandes entidades bancarias europeas ofrecen servicios a sus clientes digitalmente e, internamente, disponen de sistemas informáticos cada vez más complejos para el desarrollo de sus actividades, en un marco regulatorio crecientemente exigente con el debido control que las entidades han de ejercer sobre todas las facetas de actividad y todos los riesgos en los que pueden incurrir. Por lo tanto, el sector financiero, en general, en la oferta de servicios bancarios, de inversión y de seguros y fondos de pensiones, y en su organización interna, no es ajeno a las nuevas tecnologías”.

viernes, 11 de noviembre de 2016

¿De verdad que no tiene futuro la banca tradicional?

Por Juan F. García Aranda (@juanfga), economista

Este blog, y José María López a título particular, están llamados a convertirse en referentes (si no lo son ya) de la regulación financiera. Por tanto, es un honor para mí que me permita escribir aquí estas reflexiones.

Hace unas semanas, en una sesión de educación financiera para jóvenes emprendedores en la que coincidimos, José María no pudo evitar una sonrisa cuando cité a Emilio Botín: “Pero si ninguno sabrá quién es Emilio Botín, ¿cómo se te ocurre? Además, la banca tradicional para ellos es algo casi totalmente ajeno a sus vidas, a su mundo, a su entorno. ¡No te han entendido!”.

En cuanto me lo dijo, me di cuenta de que tenía razón. No volveré a cometer ese error. José María es una de esas personas a las que hay que prestar atención. 

Sin embargo, tengo la sensación de que los consejos de Emilio Botín siguen siendo válidos, y que una de las causas de la crisis económica es justamente haber olvidado los fundamentos de la banca tradicional.

Todo comienza con este artículo publicado en “Financial Times”, en 2009, en donde Emilio Botín recomendaba una  Vuelta a lo básico”. Dejo aquí solamente un párrafo, que refleja el espíritu del artículo:

“Mientras reflexionamos sobre el futuro de la banca, deberíamos preguntarnos lo que significa realmente un retorno a lo básico. La función más básica de un banco es la de redistribuir el capital de aquellos que cuentan con más a los que tienen menos. Éste es un servicio de gran valor y, como concepto, queda además bastante claro. No obstante, no siempre resulta sencillo aplicarlo de forma correcta. Para ello es necesaria una amplia experiencia en la gestión del riesgo, de la tecnología de la información y de las operaciones, y un meticuloso equilibrio de los intereses y derechos de los clientes, empleados y accionistas, además de un alto grado de autodisciplina institucional y ética del deber.”

Tras un cruce de “tuits”, José María me envió como respuesta a este artículo un enlace a una reciente conferencia de Andreas Dombret, miembro del Comité Ejecutivo del Deutsche Bundesbank. El título es “Darwinismo digital y la industria financiera”. Realmente muy interesante de leer. Y, aunque esté en inglés, con el traductor de Google se entiende perfectamente (¡vivan Internet y la digitalización!). 

  
Como en el caso anterior, dejo aquí un párrafo:

“Permítanme reafirmar mis puntos de vista sobre el “darwinismo digital”. La adaptación a un mundo financiero digitalizado no requiere simplemente que los bancos desarrollen ideas nuevas e innovadoras. Tiene más que ver con una estrategia bien ajustada, lo que significa que no es sólo una carrera entre los departamentos de desarrollo, sino entre los líderes. Como supervisor, por lo tanto, insto a que no interpretemos la competencia digital como una carrera meramente por las tecnologías más avanzadas, sino por la combinación adecuada. Es por eso que no estoy a favor de comparar los bancos con los dinosaurios. Los bancos tradicionales suelen tener un ADN predigital, pero son capaces de aprender, adaptarse a un paisaje digital y cooperar con los pioneros tecnológicos. Y cada banco necesita encontrar su propia estrategia. El negocio bancario es tan insustituible como siempre.”

Con estos antecedentes me permito, muy resumidamente, algunas reflexiones. Creo que son cuestiones de actualidad, sobre todo porque parece existir una tendencia bastante amplia de líderes de opinión que dejan en entredicho la supervivencia de los bancos de toda la vida y parecen poner alfombras rojas a la llegada de muchísimos nuevos operadores al mundo donde se mueve el dinero:

— Riesgo de crédito. El riesgo de crédito, la posibilidad de no recuperar la inversión, es un concepto aplicable a todos los inversores. Sea éste un banco de toda la vida, un fondo de capital, una institución pública o un simple particular: el proyecto puede no ser viable y la institución o persona que ha invertido no recuperar su dinero.

— Intermediación financiera. Si estamos ante un inversor particular, invertir vía “crowdfunding”, por ejemplo, es muy parecido a hacerlo en empresas cotizadas vía mercado de valores. La CNMV y las plataformas de “crowdfunding” garantizan el “medio” pero no el “fin”. Estamos tranquilos de que nuestro dinero va destinado a la empresa que queremos y que no se va a perder por el camino. Pero, al final, la empresa puede tener dificultades en su negocio. Como todas las empresas.

— Información para la toma de decisiones. Como complemento al punto anterior. Cualquier persona, para invertir su dinero en cualquier proyecto, debe estudiarlo previamente y ser capaz de tomar su decisión tras un análisis detallado de sus fortalezas y debilidades. Debe estudiarlo y debe “poder estudiarlo”. Disponer de la información relevante. “Transparencia”, por utilizar un término que se lee mucho últimamente

— Obtención de la financiación. Desde el punto de vista del promotor, si dispone de un buen proyecto, igual sigue siendo mucho más fácil, rápido y barato acudir a su banco. Como toda la vida. La banca tradicional. En cualquier caso, para acudir a otras fuentes de financiación necesitará igualmente aportar toda la información relevante para los inversores. Y toda la documentación legal pertinente para los “intermediarios” en la financiación. Como cuando los bancos te piden “papeles”. Para salvaguardar la seguridad de todas las partes.

— Servicios de cobros y pagos. Las reflexiones anteriores hacen referencia a financiación. Pensando en otro tipo de necesidades, existen multitud de aplicaciones que nos prestan servicios de cobros y pagos de forma rápida —mejor dicho, inmediata— y, sobre todo, mucho más baratos que en nuestro banco. Aquí sí que tiene la banca tradicional un auténtico problema. Sí me la imagino como un dinosaurio. Aunque no sé si en peligro de extinción o de evolución. Pero nunca deberían olvidar los “jóvenes usuarios digitales” (y no tan jóvenes, porque todos usamos estas aplicaciones) que, en cualquier momento, nos podemos ver “pillados” en un problema. En este caso, lo lógico sería ser consecuente y que “cada palo aguantara su vela”. Ser consecuentes con las decisiones tomadas en cada momento, decisiones que nunca tienen riesgo cero. Porque nada es gratis y es imposible reducir el riesgo a la nada.

En resumen, vivimos una época apasionante, donde la inmediatez es un valor en sí mismo pero la información disponible infinita. Con tanta información quizá sea conveniente detenerse a pensar determinadas cuestiones esenciales.