«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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domingo, 26 de febrero de 2017

“Los Buddenbrook. Decadencia de una familia”, de Thomas Mann

Edward Gibbon mostró en “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano” el proceso de creación, desarrollo, apogeo y paulatino derrumbe de la maquinaria casi perfecta que encarnó Roma. La Ciudad Eterna contenía las semillas de su propia destrucción, y Gibbon pasó pronto de celebrar los triunfos a escribir la crónica de los desastres.

En el análisis de las entidades políticas, acaso sea esta la obra que más notoriedad ha alcanzado y ha permitido extrapolar sus argumentos a otras formas de organización social más cercanas a nuestra época, generando un llamativo apetito por la decadencia de las instituciones bien asentado en Occidente.

Este proceso de decadencia y caída afecta, por evidentes causas biológicas, a las personas, pero también a las instituciones de toda índole, políticas o no, de las que las colectividades humanas se dotan para superar el transcurso del tiempo y tratar, de algún modo, de superar sus propias limitaciones. 


miércoles, 10 de agosto de 2016

De mercaderes (y banqueros) a mecenas

(Jacques Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, 2ª ed., Alianza Editorial, Madrid, 2014, pág. 94)

“Pero esta evolución, acentuada y acelerada por la historia económica, no está relacionada con ella de un modo absoluto. Se trata de un movimiento natural que, en nuestra época, dirige al mercader del negocio hacia la propiedad inmobiliaria y terrateniente. En la juventud son los viajes; en la edad madura los negocios sedentarios; en la vejez un semirretiro en sus tierras. Más todavía que una cuestión de edad se trata de una cuestión generacional. El padre, creador de la empresa, aun en el caso de que ya en el inicio dispusiera de cierta fortuna, hace de ella su vida, a ella consagra su tiempo, sus problemas, su dinero. Los hijos o los nietos, criados en un ambiente desahogado que por su educación han recibido a la vez el gusto de la cultura y la sensibilidad por las cosas artísticas, dedican menos tiempo a los negocios y más a los gastos personales: placeres espirituales y placeres no tan nobles. Después de los que lo amasan, los que lo disfrutan. Después de los medievales que únicamente son mercaderes, los mercaderes-artistas. Modernamente Thomas Mann, en Los Buddenbrook, ha descrito esta evolución en el marco de una vieja ciudad de la Alemania hanseática, una evolución que fue frecuente en la Edad Media. Una célebre ilustración de ello la hallamos en la familia de los Medicis. Desde Cosme hasta Lorenzo, el dinero que destinan a financiar el Renacimiento florentino se echa en falta en los negocios de la firma familiar”.