«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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jueves, 15 de octubre de 2015

El “desemprendimiento” como forma de emprendimiento

(Publicado en Legal Today el 15 de octubre de 2015)

Nuestro país, para qué pensar lo contrario, ha estado salpicado de grandes comerciantes y empresarios, aunque quizás haya faltado, con perspectiva histórica, una verdadera cultura empresarial que nos acercara a las formas capitalistas más genuinas y avanzadas, y, reflejamente, a mayores cotas de bienestar material.

En un principio, unas cinco centurias atrás, la profesión de banquero era un apéndice de la de mercader, luego es una obviedad que, menudeado los grandes mercaderes, también lo hacían los grandes banqueros, con la excepción, por ejemplo, de un Rodrigo de Dueñas, dominador del comercio y buen servidor de Carlos V (que fue un verdadero desastre con las finanzas públicas de la Corona, en beneficio, claro es, de sus banqueros españoles, germanos e italianos, a pesar del aluvión de oro y plata procedente de América y de contar con una Escuela como la de Salamanca, con un agudo y atento Tomás de Mercado de observador).

Desde tiempo inmemorial, con estos dos elementos, es decir, con la voluntad y el impulso para erigir un proyecto y ejecutarlo, y con la financiación necesaria para ello, propia o ajena, se dispone de la materia prima para, como ahora se dice, emprender (concepto este un tanto viscoso, a la vista del artículo 3 de la Ley 14/2013, de 27 de septiembre, de apoyo a los emprendedores y su internacionalización, que desfigura el de empresario, sin que sea del todo posible separar uno del otro, aunque parece que el ánimo de lucro ha de estar, en todo caso, presente).

El emprendimiento, al fin y al cabo, está de moda, y es normal que ello ocurra en una época de crisis y de comienzo de salida de ella, en la que las administraciones públicas no reclutan funcionarios y las empresas privadas ya implantadas no realizan apenas nuevas contrataciones. Tenga uno o no espíritu emprendedor está forzado a emprender, pues la alternativa es la nada. 

Este contexto también justifica que, más recientemente, se aluda al “emprendimiento corporativo”, conforme al cual, quien se halla inserto en una estructura ya instituida también puede emprender, aprovechando para mejorar la organización, su actuación o intensificar sus rendimientos, en cualquiera de las formas en que estos pueden ser medidos.

Lo que nos ha impactado, y es una vía no diremos que inexplorada pero sí que es una sobre la que se reflexiona menos, es que el emprendimiento siempre se asocia con crear, aunque también se puede asociar, por el envés, con “destruir”, al menos, aparentemente.

En el ámbito económico la idea no es nueva, y ahí tenemos la conocida, según Schumpeter, como “destrucción creativa”, que es la esencia misma del capitalismo, e implica el sometimiento de las empresas a una continuada evaluación, en la que lo viejo convive con lo nuevo, y de este choque resulta algo materialmente menguado pero innovador y mejor que lo anterior (ciertamente, es inevitable un claro eco darwiniano).

Por tanto, una vez constituida la empresa y puesta en valor, lo ideal sería “salir” de la misma justo cuando la línea de los beneficios está comenzando a llegar a la cumbre y el gráfico anticipa el comienzo del descenso, ya sea por un fracaso o agotamiento del modelo, por el entorno económico o por una combinación de ambas circunstancias. Lo normal será que el emprendedor o empresario, no sus asesores, intuya la llegada de este momento, y ponga el marcha el proceso de “fuga”.

¿Cómo nos influye, en nuestra condición de juristas que asesoran a terceros, este proceso? Lo primero es que hemos de ver más allá, como mostrábamos al comienzo, de los rudimentos para constituir jurídicamente y dotar de recursos financieros a una empresa, lo que parece ser la esencia de un emprendimiento mal entendido, pues a veces parece más relevante lo rápido que se constituye una sociedad limitada o anónima que su misma base material y personal, amparada en algo tan intangible como es la intuición de una posibilidad de negocio, que es lo que dotará de “la chispa de la vida” a la empresa.

Habrá que manejarse, más bien, en el conocimiento de la venta del negocio, en la sucesión empresarial, en la subrogación contractual, en el impacto fiscal y contable para los socios, en la limitación de la responsabilidad de los administradores, y hasta en la liquidación de la empresa.

Paradójicamente, si nuestro cliente es un verdadero emprendedor, será en esta etapa final, una vez realizados sus beneficios, cuando tendremos que regresar al comienzo y demostrar nuestra pericia en cómo se crea una nueva empresa, pero no partiendo de la nada, sino con los elementos materiales e inmateriales atesorados en la experiencia empresarial previa.

Por último, un breve apunte sobre nosotros mismos como empresarios, no como asesores de terceros. En las profesiones muy personalistas, en las que el cliente no busca tanto un bien o un servicio sino las condiciones inherentes a una concreta persona que lo produce u ofrece, respectivamente, no es tarea sencilla la de disociar a esta del negocio, por lo que el proceso de cambio que hemos mostrado es arduamente aplicable. Se puede mejorar o sofisticar el “know-how”, se puede perfeccionar el envoltorio, pero será la persona, que es insustituible, la que estará perennemente en el centro. 

Para bien o para mal, en profesiones como la abogacía, sobre todo cuando no hay de por medio grandes despachos de abogados que adoptan una forma societaria, la empresa es perpetuamente indisociable de la persona, con una sola salvedad, que nos hace recordar el artículo 1.595 del Código Civil, que resuena como una advertencia: “cuando se ha encargado cierta obra a una persona por razón de sus cualidades personales, el contrato se rescinde por la muerte de esta persona”.

jueves, 26 de marzo de 2015

La banca del futuro

La adecuada comprensión de la realidad, con todos los matices que esta admite, se puede reflejar en un puñado de ideas, que, debidamente sistematizadas y codificadas, pueden servir eficazmente como brújula y, de resultar necesario, para operar sobre aquella y tratar de alterar su curso (por supuesto, a mejor).

El filósofo Carnéades nos demostró, con su conocido palo sumergido en el agua que semejaba forma de serpiente, que la interpretación inmediata de la realidad, a falta de unas buenas lentes conceptuales, puede ser nefasta. El mismo Platón, con el mito de la caverna, nos recomendó tratar de huir de las apariencias en busca de sensaciones más elevadas y profundas.

Descocemos cuál ha sido la trayectoria de Yves Mersch (sin duda, indagaremos en ella), miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, pero la lectura de un reciente discurso pronunciado en París el día 10 de marzo de 2015, titulado «The future of banking – a Central Banker´s view», nos ha transmitido una buenísima impresión, pues en apenas tres folios se recogen reflexiones que prácticamente no dejan ninguna materia sin tocar, con buen sentido y visión totalizadora, en la que se mira por los usuarios bancarios, por las entidades, por la economía y por el bienestar general, hilvanando todos estos elementos pretendidamente repelentes y antagónicos con un sólido y convincente hilo argumental.

De entrada, Yves Mersch expone directamente la necesidad de una aproximación equilibrada, en la que deben caber la famosa «destrucción creativa» de Schumpeter, la protección de los consumidores y las funciones esenciales de los bancos al servicio de la economía.

Los bancos europeos se encuentran rodeados de una neblina de falta de certeza, de la que están saliendo tras resistir fuerzas disruptivas que les han asaltado por todas partes. Son tres los principales retos que han de superar:

     - Limpiar sus balances.

     - Resistir la nueva ola reguladora. Entre las novedades por venir, una de las que tendrán mayor impacto será la separación entre banca comercial y las actividades de «trading», lo que obligará a redefinir los modelos europeos de banca universal.

    - Superar los profundos cambios estructurales. A una banca por Internet que ya se está quedando corta, se le suma el nuevo impulso de la banca a través de teléfonos móviles, lo que provoca que las barreras de entrada en el sector estén cayendo. El monopolio bancario se empieza a desmoronar, como muestra la aparición de compañías que prestan nuevos servicios de pago (Paypal, por ejemplo). La iniciativa europea de crear una Unión de los Mercados de Capitales también debilitará a los bancos. La «banca en la sombra» («shadow banking»), aunque cuantitativamente limitada, ganará protagonismo en el préstamo directo a los agentes económicos.

El valor de los activos mengua y la rentabilidad decrece. Muchos bancos tienen costes de capital que exceden los retornos percibidos, sin que se espere una súbita subida de los tipos de interés que venga al rescate. Los bancos tendrán que regresar a los beneficios en un contexto de recuperación lenta con márgenes de tipos de interés deprimidos.

Tras los excesos, es deseable e inevitable un periodo de consolidación en el sector bancario. La carga regulatoria, que persigue bancos más resilientes cuya eventual caída no sea asumida por el contribuyente, queda justificada de sobra.

Mersch reitera que la «destrucción creativa», con sus efectos sanadores y beneficiosos, es necesaria en el sector bancario, pues genera competencia, condiciones mejores y precios más baratos en la prestación de servicios bancarios a los consumidores. Por ello, el regulador no debe limitar la aparición de nuevos operadores que compitan con los bancos, lo que se debe, por el contrario, incentivar. La Unión de los Mercados de Capitales repercutirá, del mismo modo, en el interés público.

A pesar de todo, de este proceso también se podrían desprender consecuencias menos agradables:

- Que la innovación sea a costa del consumidor. Los nuevos agentes, no supervisados, podrían desplegar conductas perjudiciales para los consumidores, y estas ser replicadas por los bancos regulados. Por ende, es exigible un equilibrio entre la innovación y la regulación.

- Que los préstamos concedidos por los bancos disminuyan en exceso. Los bancos tienen una función social vital en Europa, pues asumen riesgos en la concesión de créditos a las pequeñas y medianas empresas, que crean mucho más empleo que las grandes firmas. Esta función de los bancos en la canalización de los depósitos hacia el crédito es irreemplazable.

¿Cómo se podrían conjurar estos riesgos? Como acredita la doctrina, los bancos deben ser fuertes para poder prestar. La fortaleza requiere la revigorización de los modelos de negocio. Muchos bancos han desplazado su modo de hacer banca desde prácticas más arriesgadas y agresivas hacia el tradicional sector minorista y la gestión de activos. Se percibe, asimismo, una intensa reducción de costes. Pero, Mersch nos alerta, cortar gastos y desinvertir puede ser insuficiente para responder a los retos tecnológicos y las demandas de los clientes.

Los clientes del presente contactan con sus bancos por Internet y por teléfono móvil, lo que, como es natural, exige la previa inversión en plataformas digitales. Si estas expectativas de la clientela no se colman, se cancelarán cuentas y los bancos perderán una fuente barata de financiación. Mersch traza una clara ecuación: los clientes satisfechos (especialmente, los «tecnológicamente satisfechos») se mantendrán fieles a sus bancos.

La siguiente advertencia apunta hacia la consolidación bancaria, pues en Europa hay demasiados bancos. Hay que buscar concentraciones europeas, que, en ningún caso, se podrán escudar de nuevo, en cuanto a las entidades resultantes, en el «too big to fail». La Unión Bancaria es un acicate, con la unificación regulatoria, supervisora y resolutoria, para la aproximación de los bancos europeos. Los bancos fusionados tendrán una más amplia base de clientes, y mejores condiciones de capital y liquidez. Los retornos de la inversión y la innovación serán, sin dudarlo, mucho mayores, y se reforzará la función social consistente en prestar a las empresas más pequeñas.

Para concluir, Mersch se detiene en tres objetivos en los que habría que esmerarse:

- Superar definitivamente la crisis. Por ejemplo, mejorando el marco de la insolvencia de los deudores y acortando los plazos de los procesos.

- Reforzar las titulizaciones, que es el ámbito donde los bancos y los mercados de capitales se encuentran. Hay que recordar, precisamos, que los bancos se nutren de los depósitos de los clientes, pero también de los fondos captados en los mercados de capitales, a los que concurren no como prestamistas sino como prestatarios.

- Aliviar la carga regulatoria de los bancos, pues hay quien afirma que la inseguridad regulatoria restringe la concesión de créditos.

Yves Mersch finaliza su discurso transmitiendo la convicción de que Europa necesita bancos fuertes que sostengan su economía, lo que se conseguirá creando un entorno de bancos bien capitalizados, con mejor información, transparencia y regulación.

Suscribimos en su totalidad las palabras de Yves Mersch, que aglutinan ideas sencillas pero innovadoras y vigorosas.