«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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martes, 24 de mayo de 2016

Cultura en el sistema financiero: el poder de la ética kantiana

“Dime de qué hablas y te diré de qué careces” se afirma desde el prisma de la sabiduría popular. En los últimos meses, sobre todo desde el propio sector financiero, se perora sobre ética y cultura como si fueran descubrimientos brindados por el presente.

Según Dudley (*), aunque los problemas culturales y éticos no son exclusivos de la industria de las finanzas, las empresas financieras difieren de otras en aspectos importantes. En primer lugar, el sector financiero ejerce una función pública en la asignación de capital escaso a través de los mecanismos de mercado. Para que la economía alcance su potencial de crecimiento a largo plazo, es necesario un sector financiero sólido y vibrante. Las entidades financieras existen no solo para beneficiar a sus accionistas, empleados y clientes. A menos que el sector financiero pueda recuperar la confianza, no podrá desempeñar con eficacia sus funciones esenciales. Solo por esta razón, concluye, esta industria debe hacerlo mucho mejor.

(*) W. C. Dudley, “Remarks at the Workshop on Reforming Culture and Behavior in the Financial Services Industry Federal Reserve Bank of New York, New York City, 2 October, 2014.

No nos parece mal, en general, este discurso, pero sí nos preocupa la facilidad con la que se puede deslizar hacia la mera consideración del cliente como un instrumento, apto, en el peor de los casos, para ser sacrificado ante otros intereses —pretendidamente— de mayor envergadura.

Si deseamos adentrarnos en el terreno de la ética o la filosofía, más allá de la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, creemos que merece la pena acercarse a principios axiomáticos, sencillos pero profundos. Ya dejamos escrito hace algunos meses (“El mayor reto del sistema financiero para 2015”, Revista de Derecho del Mercado Financiero, 8 de enero de 2015) lo siguiente:

“Sin embargo, será el regreso a algo tan básico como es el respeto a la clientela lo que marcará el  ejercicio  y  el  devenir  de  las  reformas  ya  trazadas  y  en  ejecución.  La  debida  consideración hacia los pequeños usuarios es un fin en sí, un imperativo práctico kantiano, y será la llave que permita  satisfacer  las  expectativas  de  otros  grupos  de  interés  tan  dignos  de  protección  como son  los  accionistas  y  los  inversores,  y  algunas  otras  de  las  controversias  enumeradas  con anterioridad,  que  deberían  entenderse,  meramente,  como  notas  a  pie  de  página  de  este principio. No es que el cliente sea rey, es que nunca debió dejar de serlo”.

Incluso en la defensa de mi tesis doctoral, en febrero pasado, apelé expresamente al imperativo práctico kantiano, quizá sin mucho poder de convicción y saliéndome del guión previsto, que era el de las cláusulas y las prácticas abusivas en la contratación financiera.

Un reciente discurso de Andrew Bailey, del Banco de Inglaterra, (“Culture in financial services –a regulator´s perspective”, London, 9 May, 2016) me ha permitido reafirmarme en mi convicción. Bailey considera que, como supervisor, no puede ir a un banco y decir: “enséñennos su cultura”. El regulador tampoco puede, y no debería, construir la cultura de las compañías: “no es el trabajo de los reguladores aplicar la cultura y cambiar la cultura”.

Pero el párrafo que me ha parecido más relevante es aquel en el que, en sintonía con Kant, se afirma claramente que las compañías existen para servir a los clientes, no para explotarlos:

“I want to end with a few broader reflections on the role of culture.  The basic difference between the role of the regulator and management of firms is that our objective is framed exclusively in terms of the public interest. For firms, it is important to recognise that a sustainable and viable business model is one that provides an acceptable rate of return to those who take the risk of providing the necessary loss absorbing capacity, typically its risk capital.  Firms exist to service customers who make up the public interest, which of course means that service includes the notion of not exploiting customers, a value one might expect to be given in an organisation’s culture. Today, the public perception of banking, and some other areas of finance, remains too much towards the exploitative  “Greed is good” end of the spectrum.  Major changes have occurred since the crisis which have improved behaviour in firms, but public opinion broadly does not recognise these developments and tends to think that nothing has changed.  Culture is an important part of demonstrating that change”.

martes, 13 de octubre de 2015

¿"Psicólogos puros" como asesores financieros?

Pau Monserrat ha planteado en iAhorro, con apoyo en una noticia aparecida en Cinco Días, el caso de una entidad financiera (Evo Banco), que pretende dar un giro a su estrategia de negocio; para los dirigentes de la entidad, al parecer, “en vez de comerciales lo ideal sería colocar en cada oficina a un psicólogo para que los clientes estuvieran a gusto en la sucursal ya que el proyecto es que los clientes contraten sus productos a través de internet y el teléfono”.
 
Esta es mi reflexión al respecto para iAhorro:

El análisis de cómo se puede influir en la voluntad de las personas no es nuevo (obviamente, esto es distinto, en general, de la pretensión de captar la voluntad ajena para someterla a la propia: una auténtica aberración en un sistema de convivencia como el nuestro).

Desde la perspectiva, legítima, de la conducta y las finanzas, recomiendo la lectura del informe del Banco Mundial (diciembre de 2014) sobre desarrollo mundial, que se centra en los temas de la mente, la sociedad y la conducta. Igualmente, merece que se preste atención a la obra de Daniel Kahneman, psicólogo premiado con el Nobel de Economía (en concreto, a su  libro “Pensar rápido, pensar despacio”, en el que distingue entre el pensamiento rápido e intuitivo, y otro más lento y pesado que consume mucha mayor energía y esfuerzo).

Es habitual que las entidades financieras de mayor tamaño y complejidad cuenten entre su personal con psicólogos, ingenieros, matemáticos, físicos, economistas, abogados, etcétera (véase, por ejemplo, el libro de James Weatherall titulado “Cuando los físicos asaltaron los mercados. El fracaso de querer predecir lo impredecible”). Este hecho no es, en sí mismo, reprobable. En las entidades medianas o pequeñas de banca minorista lo habitual es que los perfiles no sean tan específicos.

Lo que choca del caso de Evo, según la noticia aparecida en Cinco Días, es que los psicólogos intervengan, asumiendo un rol preponderante o de apoyo a otros profesionales, en la comercialización de productos financieros. Esto es distinto a que un licenciado o graduado en psicología pueda, con la debida formación financiera, ofrecer productos financieros a la clientela (aunque lo habitual será, probablemente, que los que den la cara en la oferta por parte de las entidades sean expertos en economía, empresa o derecho). 

De entrada, la propuesta es extravagante. Profundizando más, si el propósito es vencer las barreras de resistencia de un cliente para contratar, es, simplemente, inaceptable. 

A los comerciales, y a quiénes dictan a los comerciales lo que deben ofrecer en cada momento, más que un manual de ética o de regulación, se les deberían inculcar dos máximas básicas: actuar de forma que lo que uno hace se pueda erigir en norma de conducta universal; y que el prójimo siempre sea un fin, nunca un medio (es decir, una apelación a la filosofía kantiana).

Como a los generales romanos que desfilaban triunfantes por el foro, todos tenemos la obligación de recordar, para que resuenen y calen, estos principios en relación con la oferta de servicios financieros.

El recurso a los psicólogos, mejor dejarlo para otro momento y lugar.

sábado, 31 de enero de 2015

Immanuel Kant y la deuda pública

«Estar en deuda», «deber algo a alguien», «no deber nada a nadie»… La deuda es un fenómeno milenario, que antes que jurídico fue antropológico, psicológico y sociológico, como ha mostrado David Graeber en «Debt. The first 5,000 years» (Melville House, 2012).

Según ya hemos escrito con anterioridad a propósito de la dependencia de los Estados del recurrente «chute de liquidez» suministrado por los mercados, pero con validez para todos los deudores y formas de deuda, «[…] qué duda cabe de que la relación entre acreedor y deudor es claramente de jerarquía, de subordinación de este a aquel, tanto desde un punto de vista jurídico como psicológico, verificable con la mayor precisión si se pudieran conocer las garantías con las que cuenta el acreedor en el supuesto de impago o incumplimiento del deudor. Llegados a ese punto de deterioro en la relación acreedor-deudor, los límites entre el interés financiero y el no financiero se difuminan, en menoscabo del primero y revitalización del segundo».

Por cierto, Graeber, en el último capítulo de su libro, explica que es tradición milenaria de China regar con obsequios y privilegios a los Estados de su periferia a los que subyuga y considera inferiores, sugiriendo que quizá sea esta una de las razones que justifica la creciente financiación china vía suscripción de deuda emitida por los Estados Unidos, a los que verían más como súbditos que como pares.

Para comprender una crisis de deuda soberana, en curso desde 2010, como la griega, no viene mal traer a colación lo dicho por Immanuel Kant, el gran filósofo germano nacido en Königsberg, en su opúsculo «Hacia la paz perpetua» (1795):

«NO DEBE EMITIRSE DEUDA PÚBLICA EN RELACIÓN CON LOS ASUNTOS DE POLÍTICA EXTERIOR.

Esta fuente de financiación no es sospechosa para buscar, dentro o fuera del Estado, un fomento de la economía (mejora de los caminos, nuevas colonizaciones, creación de depósitos para los años malos, etcétera). Pero un sistema de crédito, como instrumento en manos de las potencias en su lucha entre ellas, que puede crecer indefinidamente y que permite, sin embargo, exigir en el momento presente (pues seguramente no todos los acreedores lo harán a la vez) las deudas garantizadas (la ingeniosa invención de un pueblo de comerciantes de este siglo) es un poder económico peligroso, porque es un tesoro para la guerra que supera a los tesoros de todos los demás Estados en conjunto y que solo puede agotarse por la caída de los precios (que se mantendrán, sin embargo, largo tiempo gracias a la revitalización del comercio por los efectos que este tiene sobre la industria y la riqueza). Esta facilidad para hacer la guerra unida a la tendencia de los detentadores del poder, que parece inherente a la naturaleza humana, es, por tanto, un gran obstáculo para la paz perpetua; para prohibir esto debía existir, con mayor razón, un artículo preliminar, porque al final la inevitable bancarrota del Estado implicará a algunos otros Estados sin culpa, lo que constituirá una lesión pública de estos últimos. En ese caso, otros Estados, al menos, tienen derecho a aliarse contra semejante Estado y sus pretensiones».

Sin embargo, a veces la Historia permite a los deudores gozar de una posición de negociación extraordinaria en comparación con su debilidad real.