«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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sábado, 28 de octubre de 2017

"De buenos banqueros a malos banqueros", de Aristóbulo de Juan

Para los banqueros y, más en general, para los profesionales del sector, incluso para los reguladores, supervisores y resolutores, tener entre manos una obra llamada “De buenos banqueros a malos banqueros” (Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A., Madrid, 2017) es un bocado más que apetecible. Si resulta que la rúbrica bajo el título es la de Aristóbulo de Juan, una de las autoridades mundiales en la materia, la lectura de la obra es obligada.

En nuestra arrogancia, tendemos a pensar que somos los descubridores de ideas o acuñadores de instituciones, técnicas o conceptos, cuando la verdad es que los pretendidos neologismos financieros de nuestra época, como el arpa olvidada de Bécquer, llevan ahí años —o décadas, al menos— esperando que alguien los rescate o tenga la deferencia de preguntar sobre ellos a quienes de verdad los formularon y aplicaron con éxito, como es el caso de Aristóbulo de Juan. Su experiencia como banquero privado pero, especialmente, como sanador de bancos —y del sistema financiero, como efecto reflejo—, no sabemos si ha sido aprovechada adecuadamente durante estos duros años. Él mismo lo dice al comenzar el capítulo 13: “La historia tiene la mala costumbre de repetirse”...

Nos parece que no nos equivocamos si afirmamos que De Juan ha sufrido en algún momento, durante los años de crisis, ante la pasividad de los decisores políticos y las autoridades que se han demorado en la toma de decisiones. Por ejemplo, su artículo “La opción recomendada” (Expansión, 26 de marzo de 2009), termina con la siguiente interpelación: “¿sería posible que las grandes fuerzas políticas lleguen a un consenso, al margen de todo debate partidista, sobre las pautas de actuación a seguir?”.

El libro aglutina diversos trabajos del autor, eminentemente prácticos y fruto de su experiencia pero de una enorme profundidad, comenzando con el célebre artículo que da nombre a la obra, escrito en 1986 para el Banco Mundial, posteriormente editado por dicha institución en colaboración con Oxford University Press en 2002. 

El prólogo del libro está escrito por Fernando González Urbaneja y tras él figura una breve presentación del autor. 

González Urbaneja ofrece algunos detalles biográficos del autor, que fue banquero comercial en Banco Popular en la época de Luis Valls. Tras esta etapa en la banca privada, fue requerido para contener la crisis bancaria de los primeros años ochenta del pasado siglo, con unas autoridades supervisoras sin el bagaje jurídico y financiero necesarios, y sin experiencia práctica. A estas dificultades técnicas se unió un contexto político esperanzador pero complicado. Según el prologuista, Aristóbulo de Juan evitó arbitrariedades, ligerezas y esos pleitos sobrevenidos que condenan el pasado con criterios de futuro. 

Entre los asuntos que conoció profesionalmente podemos citar, por ejemplo, las implicaciones bancarias de la expropiación de Rumasa y la intervención de Banesto. Las tensiones a las que ha debido quedar expuesto, no solo con los banqueros en problemas, son imposibles de imaginar; en el capítulo 7 (“Obstáculos para la resolución de las crisis”) se incluye un diálogo hipotético entre un gobierno y un asesor, «casi “transcrito” de la vida real». En este mismo capítulo no creemos que la mención a la “toma de decisiones sobre una situación de crisis a las tres de la madrugada” sea ficticia, sino más bien lo contrario.

González Urbaneja destaca algunas de las aportaciones recurrentes de De Juan, como el “maquillaje” contable o las operaciones “siemprevivas”, pero la más llamativa para nosotros acaso haya sido la de los “cinco estadios de multiplicación de las pérdidas”: las que estima el gestor, poca pérdida; las del auditor con sus salvedades, el doble; las del supervisor, que dobla los números rojos de los anteriores; las que se desvelan tras la intervención, de nuevo el doble; y finalmente, las que identifica el comprador-salvador, que suele volver a doblar la cifra anterior.

En su presentación, De Juan escribe que el libro debería ser «pequeño, de fácil lectura, con destino a estudiosos, a escuelas de negocios, a banqueros y sobre todo a supervisores. Como un pequeño manual “de cabecera”, basado en la experiencia, no en los libros». Admite que el objetivo común de sus escritos “ha sido siempre influir en cómo las autoridades tratasen los problemas financieros y en la manera en que los gestores llevaron sus bancos. Todo ello con una orientación preventiva”. Además del enfoque técnico, «este libro está impregnado en muchas de sus partes de un enfoque “conductista”, que muestra cómo la naturaleza humana, la psicología y el comportamiento del hombre juegan un importante papel en la marcha de los negocios y, por supuesto, en la banca».

Son muchas las reglas de experiencia y aforismos que nos ofrece De Juan, que resultan más que evidentes con el conocimiento que nos da haber llegado a 2017 sin fenecer en el intento. Pero lo que da valor a su obra escrita y a su agudeza es que estos aforismos fueron, en gran medida, aprehendidos y escritos muchos años atrás. Entre estos principios citamos, por ejemplo, los siguientes:

- Cuando un banco va bien, es transparente, cuando tiene problemas, los maquilla.

- Los buenos banqueros cuando se ven en apuros, se convierten frecuentemente en malos banqueros.

- La supervisión bancaria es un elemento clave para evitar o limitar los daños causados por una mala gestión.

- Si todos los bancos estuviesen bien dirigidos, las únicas razones para que se produjesen quiebras serían las debidas a las circunstancias económicas o políticas.

- Un banco puede haber perdido su capital varias veces, aún manteniendo la liquidez mediante cuentas ficticias y altas remuneraciones a sus pasivos.

- La peculiaridad de la actividad bancaria es que la insolvencia precede invariablemente a la falta de liquidez.

- Son manifestaciones de una mala gestión: la sobreinversión, el crecimiento demasiado rápido, la mala política crediticia, la falta de controles internos y la deficiente planificación.

Un descenso de los dividendos es la señal clave para el mercado de que el banco está deteriorándose. 

- Las peores pérdidas de un banco están ocultas en los créditos clasificados por el banquero como créditos vigentes o “créditos buenos”.

- Para curar un banco enfermo aportar capital es necesario pero no es suficiente. Hay que cambiar a los administradores y gestores que fueron responsables de la situación de crisis, aunque sean competentes y honestos.

- Cuando un banco presta demasiado dinero en comparación con su base de depósitos, tendrá que recurrir al mercado en busca de recursos.

- Si no lo entiendes bien o no lo controlas bien, no lo hagas.

- Cuando un banco está en apuros concentrará aún más riesgos en los peores prestatarios.

- Una práctica fraudulenta es la consistente en la autoconcesión de créditos a favor del banquero o de su familia, que se formalizan de manera que estos nunca se reembolsan al banco.

- Un caso de mala planificación es el de los bancos donde los altos directivos son personas mayores y carecen de los reflejos necesarios para adaptarse al cambio.

- Las estadísticas internacionales nos dicen que se cierran pocos bancos en el mundo, y los que se cierran son de pequeño tamaño, los medianos se cierran en raras ocasiones y los grandes, nunca, pues se considera que el remedio del cierre sería, para el sistema en su conjunto, peor que la enfermedad.

- La normativa eficaz es necesaria pero es insuficiente si no se ve acompañada de una adecuada supervisión. Es preciso, además, que existan mecanismos correctivos y de saneamiento, ya que, de lo contrario, cuando afloran los problemas, la normativa se desacredita y la supervisión se corrompe. 

- La liquidez es el opio del banquero.

- Es preferible el “return of assets” que el “return on assets”.

El libro se cierra con el capítulo 13, titulado “Lecciones prácticas del tratamiento de bancos con problemas”, documento inédito redactado en enero de 2017, del que se publicó una síntesis en El País el 12 de marzo de 2017, y que merece una más que sosegada lectura. Este capítulo contiene, hasta el momento, la doctrina más elaborada por De Juan, que sintetiza en cuatro hallazgos fundamentales que le resultan —nos resultan— axiomáticos:

«En primer lugar, el exceso de liquidez lleva al crecimiento acelerado y emborrona el sentido del riesgo de los banqueros, cosas ambas que son causa muy frecuente de insolvencia.

En segundo lugar, si un banco goza de buena salud, sus libros suelen transparentar la realidad, pero si tiene problemas, serán escondidos bajo la alfombra.

En tercer lugar, “los agujeros” patrimoniales no se pueden rellenar con artificios contables, sino con recursos reales.

En cuarto y último lugar, cuando las cosas van mal, apostar por el paso del tiempo o por un hipotético crecimiento como solución y no por medidas correctivas, por duras que estas sean, empeora las cosas inexorablemente».

La obra concluye con los agradecimientos del autor. Particularmente significativo es el que dirige a Luís Valls Taberner, “catalán, persona excepcional, clarividente, profunda y enigmática, atrevida y prudente a la vez”: “Depositó en mí gran confianza y tenía grandes proyectos para mí. Me fue rotando periódicamente por diferentes puestos de Alta Dirección. Al final, los proyectos no prosperaron. La mala relación profesional entre Luís Valls y Rafael Termes, su Consejero Delegado (que también me enseñó mucho), y los posibles errores que pudimos cometer unos y otros, pudieron ser la causa”.

Debe haber sido particularmente doloroso para una de nuestras grandes personalidades en el terreno de la supervisión haber participado en Banco Popular, sentar las bases de un gran banco bajo la dirección de Luis Valls y verlo desmoronarse años más tarde, con el dudoso honor de haber sido el que ha estrenado el Mecanismo Único de Resolución de la Unión Bancaria de la Unión Europea. 

En el capítulo XXIV de “El Príncipe” (“Por qué razón los príncipes de Italia perdieron sus Estados”) se contiene un consejo de Maquiavelo para los monarcas, que bien podría valer para un banquero y posiblemente sea del agrado de Aristóbulo de Juan: “Es defecto común a todos los hombres no preocuparse de la tempestad cuando hay bonanza”.

jueves, 13 de octubre de 2016

Mercaderes-banqueros en la época de Miguel de Cervantes

(Publicado en Extoikos, nº especial sobre Miguel de Cervantes y El Quijote, octubre de 2016)

En este artículo se bosquejan las principales características sociales y económicas de la España de comienzos del siglo XVII. Posteriormente, se alude a la formación de los grandes centros de intercambio comerciales y financieros europeos, bajo cuyo cobijo surgieron los mercaderes-banqueros, para concluir señalando el modo en que la asociación de una parte de estos con los soberanos, con Felipe II, en concreto, provocó que una reducida parte de ellos dejara de centrarse en el tráfico mercantil para prestar todas su atención a la negociación de dinero y activos financieros al servicio de la maquinaría estatal, adquiriendo la condición de “hombres de negocios”.

sábado, 2 de enero de 2016

Economía y finanzas en el siglo XVI: la visión de Ramón Carande en “Carlos V y sus banqueros”

(Publicado en Extoikos, nº 17, diciembre de 2015)

En este artículo se analizan la economía y las finanzas del reinado de Carlos V, siguiendo el hilo de la obra del insigne historiador Ramón Carande. A pesar de la abundancia de recursos castellana, la magnitud de los ambiciosos proyectos del emperador, la mala gestión económica, en general, y la incapacidad para canalizar adecuadamente los metales preciosos procedentes de América hacia la economía productiva, condujeron al sobreendeudamiento y a la primera suspensión de pagos española, en 1557, bajo el reinado de Felipe II.

sábado, 19 de septiembre de 2015

La Unión Europea, Cataluña y los banqueros

Son solo cuatro párrafos, cuatro, los de la declaración institucional, de 18 de septiembre de 2015, de las patronales bancaria y del sector de las cajas de ahorros (o de los bancos procedentes de estas), la Asociación Española de Banca –AEB– y la Confederación Española de Cajas de Ahorros –CECA– (presidida por Isidre Fainé), acerca de la posible ruptura del marco estatal básico de convivencia.

Como se señala mediante nota al pie de la declaración, “las  principales  entidades  asociadas a AEB y CECA son: Caixabank, Santander, BBVA, Bankia Sabadell y Popular”. Para qué decir más.

La nota institucional se centra “en los riesgos que para la estabilidad financiera comportaría cualquier decisión política que quebrantara la legalidad vigente y conllevara la exclusión de la Unión Europea y del euro de una parte de España”.

Obviamente, no se entra en cuestiones políticas (los banqueros siempre han sido gente prudente) pero sí en las implicaciones para las entidades mismas con implantación en Cataluña, que posiblemente habrían de abandonar la comunidad autónoma, con la consiguiente reducción de la oferta financiera, en menoscabo de los depositantes y otras personas que entran en relación con las entidades bancarias.

Ciertamente, desde noviembre de 2014, las cinco entidades mencionadas, y muchas otras entidades españolas, están sujetas a la seria y rigurosa regulación europea y a la supervisión por el Banco Central Europeo, en los primeros pasos hacia una verdadera Unión Bancaria, con el año 2024 como punto de arranque efectivo (momento en el que el Fondo Único de Resolución estará totalmente dotado).

La Unión Bancaria no es un fin sino un medio para el logro de otros fines mucho más irrenunciables. Por tanto, es razonable pensar que cualquier paso que se diera debería contar, en último término, con la aquiescencia de la UE y de la UEM.

El último párrafo de la declaración es audaz, pues las patronales se adentran en el terreno del consejo (razonable) dirigido a los líderes políticos “para que, por medio del diálogo, impulsen las reformas que permitan seguir progresando en la consecución de mayores niveles de bienestar y cohesión social para todos”.

Sin prejuzgar la cuestión, y partiendo de que en un régimen democrático como el que nos hemos concedido, todo, absolutamente todo, se puede discutir, jamás ha existido en la Historia un soberano que no estuviera asistido por banqueros.

lunes, 13 de julio de 2015

Grecia 2015-Castilla 1557

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
¿no fue por estos campos el bíblico jardín?:
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Campos de Castilla, Antonio Machado


La Historia, desde su creación como disciplina por el griego Herodoto, sin olvidar otras vitales aportaciones como la de su compatriota Tucídides, nos permite, desde la habitual insuficiencia de las fuentes, particularmente de las más remotas, y con la inapelable necesidad de que al escribir el relato histórico el autor haya de introducir elementos fácticos y valorativos, más o menos plausibles, anticipar pautas de comportamiento y actuación humanas. Por ello, con evidente razón, Karl Marx confirmó que la Historia se repite, primero como tragedia, después, como farsa.

Las quiebras presupuestarias de los Estados, desde la primera de la que se tiene constancia en el siglo XIV, se han venido sucediendo regularmente desde hace centurias, como han mostrado Reinhart y Roggoff (“Esta vez es diferente: ocho siglos de necedad financiera”).

Nuestro país tiene el “privilegio” de encabezar el ranking, con una serie de quiebras comenzada en 1557, con el rey Felipe II, y concluida, hasta el momento, con la más reciente, la de 1882, coincidiendo con la Restauración Borbónica. Para profundizar, nos remitimos al artículo de Domínguez Martínez y López del Paso titulado “Situaciones de impago de deuda soberana” (Extoikos, núm. 4, 2011, págs. 147-152).

Los casos más recientes y conocidos de situaciones de crisis son los de Argentina, Grecia o Puerto Rico. 

En principio, ahí está el Fondo Monetario Internacional, creado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, para apoyar a los Estados en situación de estrés, aunque, como ocurre con los particulares (personas físicas, empresas), una cosa es la falta de liquidez transitoria, y otra la insolvencia estructural y permanente. 

En estos últimos casos, no tendría mucho sentido “echar agua en un cubo roto”, y más bien cabría buscar otro tipo de soluciones, bajo la premisa de que es “fácil” poner en marcha un Estado pero no tanto finiquitarlo, y porque, sobre todo, serán muchos los sufrientes ciudadanos que padecerán las consecuencias del fracaso del proyecto estatal.

Acaso, en situaciones críticas, lo más pertinente sería buscar formas de integración del Estado quebrado con otros, de forma suave (asociación o confederación, por ejemplo) o dura (absorción del débil por otro más fuerte). Si también fracasaran estos expedientes, nos hallaríamos ante un Estado fallido, y un retorno, en su interior, a la situación de guerra de todos contra todos que precede al pacto social, a la erección del gran Leviatán, conforme a Hobbes.

Desde luego, los acreedores tendrían mucho que decir en cualquiera de las situaciones apuntadas, aunque, financieramente, la aceptación de la reestructuración de la deuda, incluso de quitas, de la aportación de nuevas garantías o de la sustitución de un deudor por otro, podría ser preferible a la “muerte del deudor”, que implicaría, con toda probabilidad y sin vuelta atrás, la pérdida de la totalidad del préstamo o de la inversión.

Decíamos que el Fondo Monetario Internacional desempeña un papel clave, pero su pretendida deriva ideológica, que lo identificaría con los intereses de las potencias occidentales, de los Estados Unidos de América más en concreto, ha provocado que los países emergentes estén creando estructuras financieras paralelas, en un fenómeno que no se puede perder de vista por su relevancia geopolítica. Acerca de la posible parcialidad de las instituciones de Bretton Woods, merece detenerse en la obra de Stiglitz “El malestar en la globalización”.

Grecia, por ejemplo, tiene un pie en las estructuras ortodoxas de emergencia, tanto internacionales (Fondo Monetario Internacional) como europeas (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Mecanismo Europeo de Estabilidad) pero está siendo tentada por Rusia, que encabeza, junto con China, las alternativas a la preeminencia de instituciones como las citadas.

La Historia, lo hemos mostrado, anticipa pautas de acción o de actuación, lo que ya, de entrada, podría implicar la primacía de una visión circular, de eterno retorno, sobre la evolutiva-lineal, lo que parece alejado de la tradición europea. Sea esto así o no, el pasado ofrece pistas, claves, sobre el devenir futuro.

A mediados del siglo XVI la Corona española, en torno al reino de Castilla, regía el mundo, tras la culminación, décadas antes, de la Reconquista, y el simultáneo descubrimiento y comienzo de la colonización de América. En esta amplitud se profundizó con las adquisiciones dinásticas, que permitieron, vía casa de Austria, contar con dominios adicionales en Europa. Carlos V y Felipe II encarnan el cénit de este poderío, con sus luces y con sus sombras. 

Nunca una posición de preeminencia como esta, sobre todo por la recepción de ingentes cantidades de oro y plata procedentes de América, fue tan desaprovechada por una potencia dominante, en la que, en el imaginario social, la apariencia era más importante que el fondo, lo estático que lo dinámico y en la que salir de los cauces establecidos podía ser sinónimo de defección o herejía. 

La visión negativa del ejercicio del comercio hizo el resto, pero todo esto merecería una atención específica en la que ahora no nos vamos a detener. Max Weber (“La ética protestante y el espíritu del capitalismo”) vincula la Reforma luterana y el protestantismo con el despegue del capitalismo, lo que explicaría que nuestro país, en el que prendió la Contrarreforma, mostrara algunas carencias y deficiencias que nos han acompañado, y lo siguen haciendo parcialmente, desde entonces. 

La lectura de “La vida de Lazarillo de Tormes” permite conocer, con provecho y deleite a nuestro juicio, la realidad de la época a la que nos referimos. 

Centrándonos en lo financiero, unas arcas públicas exhaustas obligaron a la monarquía hispánica a echarse en brazos de los banqueros privados (también denominados, simplemente, como mercaderes, incluso como cambistas). Pronto, Castilla, ensimismada en unos sueños de esplendor económico que nunca llegarían a materializarse, más por incompetencia y torpeza propia que por imposibilidad, hubo de plantearse no pagar a sus acreedores.

Ramón Carande, en el monumental “Carlos V y sus banqueros”, recoge esta trascendental época, de la que nos quedamos con algunos detalles sueltos (págs. 224-226).

En 1555 se comienza a tomar conciencia de la magnitud del déficit y de la inminencia de la quiebra. El monarca plantea practicar una quita (“sisa”) a los créditos de los banqueros acreedores.

El príncipe Felipe, por medio de una misiva algo anterior, dirigida a su padre, fechada a 27 de noviembre de 1553, comenta lo siguiente al respecto:

“La forma que vuestra majestad da, en su carta, de quitar a los mercaderes, de las consignaciones que les están dadas en pagos de sus cambios, a cada uno lo que pareciese, les pareció muy peligrosa a los del consejo de la hacienda, y que ellos [los banqueros] se escandalizarían mucho y quedarían con gran sospecha de que no habían de tener seguridad en ninguna cosa que contratasen, y sería causa para que los de acá y los de allá todos se alterasen y abstuviesen de socorrer a vuestra majestad, de que podrían resultar los trabajos é inconvenientes que vuestra majestad puede juzgar; porque el principal caudal que de presente hay en todas partes para ser servido y socorrido es ver cuan bien se cumple con los mercaderes lo que se asienta, sin variación ni mudanza alguna, y con este crédito se esfuerzan algunos dellos a hacer más de lo que pueden, que de otra manera no lo harían”. 

El monarca, a pesar de tan razonables argumentos, no se quitó de la cabeza la idea de aplicar quitas unilaterales a los pagos comprometidos con los acreedores. 

El consejo de la hacienda insiste: “no se les debería tomar ninguna cosa [a los banqueros] de lo que les está dado”. 

Finalmente, los tres consejos (estado, guerra y hacienda) hincan la rodilla a finales de 1555 y ceden ante las pretensiones del emperador, aunque advierten de las consecuencias de la quita. Los consejeros concluyen que la sisa propuesta en 1553, rechazada por el príncipe, sería un paliativo inoperante: “Vuestra Majestad se debía socorrer del dinero que los mercaderes, a quien están libradas las rentas y consignaciones de este año, han de cobrar ahora, sin perjuicio del daño que les pueda venir”; “es menos inconveniente que ellos falten y quiebren en sus tratos y créditos que dexarse de proveer lo susodicho”.

Realmente, todo esto era una estratagema para presionar sobre los acreedores y suscitar su condescendencia, pues se les brindaba la opción de conceder otros 400.000 ducados para sufragar los gastos exteriores del reino (gastos en Flandes, y, sobre todo, en Italia). A los prestamistas que accedieran a proveer esta liquidez, “no se les tomaría nada, y quedarían libres de este trabajo [de la sisa]”. En garantía de los nuevos créditos se ofrecerían juros (una forma de deuda pública castellana).

Los banqueros rechazan la propuesta. Se lanza una nueva oferta por el monarca, en la que los nuevos créditos ascenderían a 350.000 ducados. Finalmente, se llega a un acuerdo en 1556, por el que los banqueros conceden nuevos empréstitos. 

Según Carande: “Comprometían demasiado los banqueros –y los del consejo lo ven claro- desentendiéndose de la situación creada. Hasta septiembre de 1555 habían seguido prestando, a pesar de los pesares, precisamente con la ilusión de cobrar el cúmulo de libranzas de su cartera, repleta de efectos aparentemente fallidos. En realidad siguió pagándose, con las alternativas antedichas, mientras Carlos V ocupó el trono. Fue la nueva majestad de don Felipe quien hubo de apurar aquel amargo cáliz [el de suspender pagos]”.

En 1557 se decreta la suspensión de pagos, la primera de muchas otras que habrían de venir en los tres siglos posteriores.

La Historia se repite, primero como tragedia, después, como farsa, dentro y fuera de nuestras fronteras, en una continua lucha entre opulencia y austeridad.