«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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jueves, 19 de mayo de 2016

Por qué "bitcoin" no derrotará al dinero "fiat" de banco central en el corto plazo

«Se puede resistir a un ejército invasor pero no se puede resistir a una idea cuyo tiempo ha llegado», Víctor Hugo

«El dinero huele bien venga de donde venga», Juvenal

Lo primero es determinar qué es el dinero y qué características tiene el dinero actual. De entrada, el dinero tan solo tiene presencia en las sociedades más avanzadas, en las que hay una especialización, por básica que sea, en la producción de bienes y servicios. Las sociedades más primitivas bien producen lo que consumen, bien producen bienes para su intercambio por otros (con el aderezo de que también se pueden intercambiar servicios por servicios o bienes por servicios, desvirtuando, en sentido jurídico, el concepto típico de la permuta), luego no necesitan medios de pago.

En las sociedades más avanzadas es inevitable que surja el dinero. ¿Qué puede servir como dinero? Cualquier cosa, siempre que haya una aceptación general de que su función es servir como medio de pago —lo que presupone capacidad de conservar valor—. Históricamente, como nos contó Milton Friedman, han sido usados como dinero el ganado, la sal, la seda, las pieles, el pescado ahumado, el tabaco, las plumas o las piedras, hasta la llegada de los metales —oro, plata, cobre, hierro, estaño—, en una evolución que ha llevado al triunfo del papel y de los apuntes contables (en libros, pero también en soporte electrónico, más recientemente).

El dinero, en síntesis, es un medio de pago porque representa capacidad para adquirir bienes y servicios.

El mayor hito histórico de las últimas décadas acaso sea la atribución a los bancos centrales de la capacidad para crear dinero, lo que no ha permitido superar una de las mayores contradicciones del dinero, como es la consistente en la dificultad de que el valor de una moneda se mantenga estable y no oscile.

Los Estados, casi siempre, desde su surgimiento en el siglo XV, han sido proclives a endeudarse en exceso (recordemos la primera quiebra hispánica, la de Felipe II, en 1557). Agotada la posibilidad pedir prestado a los banqueros o a los mercados, limitado el margen para incrementar la presión impositiva o para contener el gasto, la opción más sencilla, en apariencia, ha sido la de emitir dinero a través de los bancos centrales.

Por ello, para mitigar los efectos perversos de esta emisión no sustentada en la actividad económica real (como la excesiva inflación) se ha tratado de preservar la autonomía de los bancos centrales, para evitar que emitan dinero a ciegas, condicionados por aspectos puramente políticos o coyunturales, cortoplacistas o “medioplacistas”.

Otro elemento trascendental para conocer las relaciones entre el dinero, los bancos centrales y las entidades bancarias es la posibilidad de estas últimas, en exclusiva, de captar fondos reembolsables del público, que, al ser prestados a otros clientes, multiplican la base monetaria, sin necesidad de que se emitan nuevos billetes o monedas. Como afirmó Termes Carreró, “esta facultad de crear dinero es la que da lugar al llamado dinero escriturario, el cual, junto con el dinero efectivo emitido por los bancos centrales en forma de moneda metálica y billetes, constituye la base monetaria”.

Dicho todo lo anterior, no parece plausible, a corto plazo, la completa desaparición del dinero en efectivo de nuestras sociedades, pues, de hecho, este constituye el primer escalón de la masa monetaria (el conocido como “agregado estrecho” o M1), y es, a su vez, la base de los otros agregados monetarios.

Sin embargo, la crisis financiera ha mostrado que no es necesario imprimir billetes para que los bancos centrales puedan adquirir determinados activos financieros. Por ejemplo, según relata Ben Bernanke, en el marco de las medidas de expansión cuantitativa, la  Reserva Federal,  en  contra  de  lo  que  se  cree,  no  imprimió  billetes  para  comprar  los  activos de algunas entidades rescatadas como Fannie Mae o Freddie Mac, pues las «cuentas de reserva» de su balance son meros apuntes electrónicos, formando parte de la base monetaria pero quedando fuera de circulación.

Los Gobiernos desean ejercer un mayor control sobre las finanzas de los ciudadanos y empresas, para optimizar las funciones recaudatorias, la prestación de servicios públicos y prevenir el fraude e incluso la comisión de delitos o el aprovechamiento de sus consecuencias económicas (mediante la prevención del blanqueo de capitales).

Obviamente, cuanto más dinero se mueva a través de los canales bancarios, mayores posibilidades habrá de ejercer este control. La mayor dificultad de vigilancia del movimiento del efectivo dificulta estos fines, que, desde luego, son legítimos.

En los próximos años se habrá de encontrar un punto de equilibrio entre los intereses generales y los individuales, que no parece que provoque, por un extremo, la plena sustitución del dinero emitido por los bancos centrales por otro “tipo de dinero”, ni, por el otro, que las transacciones en billetes y monedas físicas lleguen a su fin.

No hay inconveniente en que “bitcoin”, por ejemplo, pueda emerger como nuevo medio de pago, a pesar de las oscilaciones de su valor —oscilaciones que no son ajenas al dinero emitido por los bancos centrales—, siempre que los participantes en los intercambios económicos lo acepten de forma no unánime pero sí generalizada.

Quedan por resolver delicadas cuestiones, en relación con “bitcoin” u otras alternativas existentes o por existir, como el ajuste de la “masa monetaria”, el tratamiento de las posibles plusvalías derivadas de su tenencia, o la forma de prevenir que sirva como forma de pago o almacenamiento de valor en transacciones con un componente delictivo.

Hoy por hoy, seguimos pensando, con todos sus defectos, que las monedas y billetes tradicionales, directamente o a través de los bancos en los que se depositan, con la legitimidad última de los bancos centrales emisores (que pueden ser supranacionales, como es el caso del euro) garantizan mayores dosis de estabilidad y confianza. La legitimidad de una moneda presupone, por definición, la del sistema político y económico que le sirve de respaldo. Al contrario, la pérdida de prestigio de una moneda socaba la del Estado o los Estados emisores. Por algo, al acuñar moneda, los romanos reflejaban el rostro del emperador como señal de seriedad y estabilidad.

martes, 17 de marzo de 2015

Préstamos hipotecarios al 20%

En unos días se producirá el primer aniversario de la pérdida de un hombre clave en la Historia reciente de nuestro país, Adolfo Suárez (“el hombre que mejor abrazaba en España”).

Necesariamente, una época fascinante arroja personajes fascinantes. Con la conciencia que nos dan los años acerca de la brevedad del tiempo, son impresionantes los logros alcanzados en apenas un lustro, desmontando una dictadura y erigiendo una democracia. Es evidente, el esfuerzo, el éxito, fue de todos, pero el impulso y el tempo vino marcado por unos pocos, entre los que cabe incluir a Suárez. Como su posterior trayectoria vital acreditó, el mayor coste del titánico esfuerzo y de su estancia en el poder fue el familiar.

Leyendo “Puedo prometer y prometo” (2013), de Fernando Ónega, quien fue uno de los hacedores de discursos del presidente y “director de prensa de la Presidencia del Gobierno” hemos encontrado la siguiente referencia a la situación económica de la década de los setenta (pág. 112):

“La economía era un caos. Los jóvenes de entonces firmábamos hipotecas al 17 por ciento, pero no nos importaba porque los salarios subían más, y la cuota del crédito se quedaba pequeña a los tres años de firmarla. Cuando Suárez llega a la presidencia, el crédito interbancario está en el 22 por ciento. Y todo ello, después de una grave crisis del petróleo iniciada en 1973, a la que no supieron responder ninguno de los gobiernos precedentes. Si uno se sitúa en 1976, se puede afirmar que sólo la banca iba bien. En el primer trimestre del año se abrieron más de ochocientas oficinas”.

Ben S. Bernanke, en “The Federal Reserve and the financial crisis” (2013) nos relata la situación de esos días al otro lado del Atlántico. En 1979, bajo los auspicios del presidente James Carter, fue designado como presidente de la Reserva Federal Paul Volcker, con el propósito de domar la inflación. A finales de ese año, Volcker decidió romper con la tradición seguida y permitir a la Reserva Federal una intensa elevación de los tipos de interés. Las medidas funcionaron y la inflación se redujo en los años posteriores al 3 por ciento aproximadamente. Como contrapartida, la financiación a la que pudieron acceder los consumidores y empresas pasó a ser mucho más cara. Bernanke nos recuerda, con una anécdota personal, que hacia 1981 o 1982, recién graduado, pretendía comprar una casa y que el tipo de interés de un préstamo hipotecario con un plazo de amortización de 30 años era del 18,5 por ciento.

Lo que nos llama la atención ahora son los tipos de interés de los préstamos hipotecarios para adquirir la vivienda habitual, cercanos al 20 por ciento. Y nos choca lo que afirma Ónega: en apenas tres años, a pesar de la crisis, la cuota del préstamo se quedaba pequeña. Los préstamos eran de menor importe y duración, pero el hecho de que los salarios, sin menoscabo por la crisis, estuvieran indexados a la inflación, permitía esta paradoja. Un mejor reparto de la producción empresarial, en el que parte del pastel se la quedaban los trabajadores, también coadyuvaba a este fin.

En contraposición, en 2015, con préstamos hipotecarios con tipos de interés mínimos, que incluso cuando existe una cláusula suelo son muy bajos si los comparamos con los de los últimos setenta y primeros ochenta, las familias tienen enormes dificultades para mantener la cabeza por encima del agua. Hoy no hay inflación, pero los salarios están referenciados no a la subida de los precios sino a la productividad medida en términos de incremento del PIB.Algo no va bien.

martes, 27 de enero de 2015

La política monetaria explicada por Ben S. Bernanke

En septiembre de 2014 el Banco Central Europeo redujo el tipo de interés al 0,05% (tipo de interés aplicable a las operaciones principales de financiación del Eurosistema), donde se mantiene, para desincentivar la inmovilización del dinero.

Estamos en una época de “estancamiento secular” (“secular stagnation”), caracterizada por la imposibilidad para una economía de lograr el pleno empleo, el crecimiento satisfactorio y la estabilidad financiera de forma simultánea a través de la simple aplicación de la política monetaria convencional.

Esto nos permite enlazar con las clásicas funciones de los bancos centrales, que son dos: alcanzar la estabilidad macroeconómica, lo que comprende la facilitación del crecimiento de la economía y la contención de la inflación, de un lado, y el logro de la estabilidad financiera, de otro.

El 22 de enero de 2015 el Banco Central Europeo anunció el comienzo de la compra de deuda pública de los países de la Eurozona, sobre lo que trataremos en una entrada posterior. Cuando en Europa se toma esta decisión de expansión cuantitativa (“quantitative easing”), en los Estados Unidos se busca el momento de ponerle fin.

Por ello, parece interesante conocer el tratamiento de choque seguido en los Estados Unidos por parte de la Reserva Federal, de la mano de un actor y testigo excepcional: su anterior presidente, Ben S. Bernanke.