«Hace
no mucho la Ministra de Trabajo se fue de rositas tras ensalzar la “gran
recuperación” de la economía tras la crisis, y encima se vanaglorió, con el
mayor cinismo, de que “nadie ha sido dejado atrás”. A Báñez le fallan las
neuronas (es la única alternativa al cinismo), y además no se baja nunca de su
coche oficial. Le bastaría pisar la Plaza Mayor de Madrid para ver que todos
sus soportales están tomados por masas de mendigos que duermen y velan dentro
de sus cartones, despidiendo un hedor que nada tiene que envidiar al de Calcuta
en sus peores tiempos. Esa plaza, como otros puntos de la ciudad, son favelas,
cada día más. Y si Gallardón y Botella no tomaron medida alguna, imagínense
Carmena, a quien el escenario tal vez parezca de perlas y “aleccionador” para
los turistas. Báñez se ha olvidado ya de los incontables negocios que debieron
echar el cierre desde 2008, a los que de repente los bancos negaban hasta el
crédito más modesto; de los infinitos parados súbitos del sector de la
construcción y de las empresas afines: gente que llevaba una vida fabricando
grifos, pomos o cañerías se quedó en la ruina y a menudo en la calle; tampoco
va la Ministra a oficinas ni tiendas, en las que verá cómo se ha reducido el
personal brutalmente y cómo quienes conservan el empleo se ven obligados a
hacer jornadas interminables, a multiplicar su tarea por dos o tres, para
paliar esa falta de compañeros de la que los dueños sacan ganancia. Haga
interminable cola en un supermercado y pregúntese por qué hay una sola caja abierta,
en vez de tres o seis; pregunte qué sueldo perciben esos trabajadores que
mantienen su puesto, se enterará de que no están lejos de ser siervos; pregunte
qué tipo de contratos se ofrecen, y verá el abuso del patrono
institucionalizado, y protegido por su Gobierno y por ella. ¿A nadie se ha
dejado atrás? Son millones los que han perdido el empleo, el negocio o aun la
vida, los que han engrosado las filas de la pobreza. Ya no se habla de nada de
esto».
El Blog de José Mª López Jiménez (especialista en regulación financiera, doctor en Derecho)
«Faber est suae quisque fortunae»
(Apio Claudio)
«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:
quos timuit superat, quos superauit amat»
(Rutilio Namaciano)
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viernes, 20 de octubre de 2017
domingo, 16 de julio de 2017
El Banco de España y su visión de la crisis financiera y bancaria
(Publicado en Cinco Días el 14 de julio de 2017)
Los
que pudieron haber sido los mejores años de nuestras vidas —los comprendidos
entre 2000 y 2014— se convirtieron para muchos en años de plomo, de sueños
incumplidos y de expectativas quebradas.
Ese
es el periodo analizado por el Banco de España en el “Informe sobre la crisis
financiera y bancaria en España, 2008-2014”, dado a conocer a mediados de junio
de 2017, lo que nos puede dar una idea de su contenido. Es evidente que un
documento referido a una época tan convulsa, en cuyo primer párrafo se afirma,
con deliberado tono neutral, que mantiene un “enfoque descriptivo”, no puede
satisfacer plenamente en su búsqueda de respuestas a los afectados directamente
por la crisis y al conjunto de la ciudadanía.
Pero
no podemos olvidar que se ha tratado de “la mayor crisis financiera global de
los últimos 80 años” (pág. 69) y de una recesión “sin precedentes en tiempos de
paz en España” (pág. 98), lo que supone, de un lado, como en las luchas
mitológicas de los héroes con los dioses, que la suerte estaba echada de
antemano, y, de otro, que la purificación era ineludible y necesaria.
Dos
han sido, en síntesis, los criterios rectores para el tratamiento de choque de la
crisis: proteger al depositante y, como en las películas de zombis, tratar de
detener el contagio a todo el sector financiero, aún a costa de disparar la
deuda pública y consumir hoy los recursos que no sabemos si nos harán falta
mañana (lógica que justifica, desde 2016, la sustitución de los rescates
externos —“bail-out”— por los internos —“bail-in”—).
La
mejor doctrina económica (Kindleberger, Galbraith) ha mostrado la futilidad de
luchar contra una burbuja especulativa financiera o inmobiliaria para
desinflarla ordenadamente. Además, los que tratan de poner buen sentido en una
época de euforia suelen ser tachados de “aguafiestas” (Muñoz Molina), por lo
que el papel a desempeñar por nuestro Banco de España, era, cuando menos,
complejo.
Según
se muestra en el informe, se establecieron mecanismos útiles y novedosos, como
las provisiones contracíclicas, o bien se interpretaron con rigidez las normas
que, en otras jurisdicciones, permitían a las entidades la no inclusión en el
perímetro de consolidación de los vehículos de inversión estructurados. El
Banco de España se pregunta si se podría haber actuado más enérgicamente (pág.
65), pero estas medidas, junto con otras, no pudieron contener el poder
destructivo que se avecinaba en la segunda fase de una crisis con forma de
doble uve.
A
pesar del tono frío, aséptico y casi burocrático, de cronista que pretende ser
objetivo, y de las limitaciones cronológicas de un documento de 2017 que se
centra en los años comprendidos entre 2008 y 2014, el informe es un documento
útil, más bien dirigido a especialistas, que puede servir de marco de
referencia o como “fuente de fuentes”, ante la profusión de información que
ofrece, para los estudiosos del impacto de la “Gran Recesión” en nuestro país.
Si
algún lector busca en él valoraciones, un ejercicio de autocrítica, una
petición de disculpas, la identificación de responsables o incluso un ajuste de
cuentas, no es este, sin duda, el informe que debería analizar. Sin embargo, a
pesar del pretendido enfoque neutral, hay pasajes más que significativos, pues
es notorio que el Banco de España, directa o indirectamente, ha sido un
protagonista primordial en todo este drama.
En
cierto modo, para los que hemos vivido y sufrido la crisis en el día a día,
leer el informe ha supuesto un ejercicio de refresco de la memoria y de
adecuada contextualización, pues la rápida sucesión de normas y la fugaz
desaparición del firmamento regulatorio de disposiciones llamadas a permanecer nos
han impedido tener una visión de conjunto como la que el informe proporciona.
Así,
hemos recordado que el Fondo para la Adquisición de Activos Financieros se
liquidó, en junio de 2012, con un beneficio para el Estado de unos 650 millones
de euros, los días de la creación del Fondo de Reestructuración Ordenada
Bancaria, la decepción que supuso el ejercicio indirecto de la actividad
financiera de las cajas a través de bancos, el fracaso de los sistemas
institucionales de protección (SIPs) y de las cuotas participativas de las
cajas, el Memorando de Entendimiento y la “gestión de híbridos”, las pruebas de
resistencia a la banca, los “Decretos De Guindos”, la aparición de las
fundaciones bancarias, el comienzo de la supervisión por el Banco Central
Europeo y la transformación del Banco de España, meramente, en “Autoridad
Nacional Competente” en el marco del Mecanism Único de Supervisión…
Al
igual que ya no hay vuelta atrás para poder disfrutar los momentos de felicidad
que no se vivieron o para olvidar los días amargos, la asunción por el
contribuyente, como el informe deja entrever, de una buena parte del coste de
la crisis parece irremediable (págs. 245-248). El informe concluye con un anejo
sobre la “colaboración y actuación del Banco de España con los órganos
jurisdiccionales”, con los penales en particular, por la eventual comisión de
delitos en determinadas entidades de crédito, lo que es plausible pero supone
poco consuelo cuando por el camino nos hemos dejado tanto.
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Informe 2008-2014
viernes, 29 de julio de 2016
Italia: principio de la banca y fin de la Unión Bancaria
Publicado en el blog ¿Hay Derecho? el 28 de julio de 2016
Es falso que las
“medidas de rescate interno” (“bail in”) solo se apliquen en las entidades de
crédito europeas en crisis desde el 1 de enero de 2016, conforme a la Directiva
2014/59/UE (objeto de transposición por la Ley 11/2015).
Lo saben bien los
accionistas y los titulares de deuda (preferentes, bonos) de las entidades
españolas rescatadas con dinero público, quienes, conforme al Memorando de
Entendimiento de 2012, hubieron de “compartir su carga” (“burden sharing”) con
los contribuyentes (las previsiones del Memorando, cuya vinculación jurídica
es, al menos, discutible, se materializaron en el Real Decreto-ley 24/2012 y en
la Ley 9/2012).
Es decir, antes de que
se inyectara el dinero público, se practicaron quitas que volatilizaron total o
sustancialmente la inversión de los clientes. A diferencia de lo acaecido en la
crisis financiera chipriota de 2013, en el caso español no se planteó que
sufrieran menoscabo los depósitos garantizados (por encima de 100.000 euros).
La Audiencia Nacional
ha confirmado lo inatacable de la aplicación de estas medidas de rescate
interno, aunque, naturalmente, deja indemne la posibilidad de recurrir a la
jurisdicción civil para el análisis de una mala comercialización de los
productos financieros. La labor de los tribunales españoles ha
permitido, de forma paulatina, el reequilibrio de la situación, con unos costes
sociales, afortunadamente, asumibles.
La supervisión de las
entidades de crédito significativas de la eurozona (en general, con activos
superiores a los 30.000 millones de euros) en el marco del Mecanismo Único de
Supervisión del Banco Central Europeo, comenzó en noviembre de 2014. El 1 de
enero de 2016 ha entrado en vigor, en paralelo, el Mecanismo Único de
Resolución, a la vez que se ha comenzado a dotar por la industria el Fondo
Único de Resolución, que contará a finales de 2023 con unos fondos
equivalentes, aproximadamente, al uno por ciento de los depósitos de las
entidades supervisadas (unos 55.000 millones de euros).
El Mecanismo Único de
Resolución contempla que solo se inyectará dinero público en las entidades que
atraviesen un estado de crisis, con carácter excepcional, una vez que se hayan
practicado medidas internas, entre las que se incluyen, ahora sí, las quitas
sobre los depósitos por valor superior al garantizado, además de otras sobre
los accionistas y titulares de instrumentos de deuda.
Parece justo que el
contribuyente no tenga que pagar, como norma, los desaguisados cometidos en
entidades de carácter privado como son los bancos (el papel de las cajas y
cooperativas en Europa no pasa de ser testimonial, a pesar de que, bien
llevadas, sus efectos beneficiosos para el colectivo son innegables).
Esto implica una
revolución copernicana de la que los clientes de las entidades bancarias
todavía no son conscientes: la responsabilidad en la elección de la entidad
bancaria con la que entrarán en relación, pues su seriedad y buen hacer será la
mejor garantía de que sus ahorros o inversiones no sufrirán menoscabo.
También los accionistas
(los minoristas pero también los institucionales) deberán preguntarse si el
riesgo de la inversión se ve compensado por unos retornos más que moderados.
Este es el nuevo panorama
regulatorio que con tanto esfuerzo —y no sin resistencias— se ha puesto en pie
con celeridad en apenas cuatro años.
Todo este razonable
entramado, en estado casi virginal, saltará por los aires cuando se admita la
recapitalización del sistema bancario italiano con dinero público y sin la
aplicación de medidas de rescate interno.
Pensábamos que la
mediación de las autoridades regulatorias y supervisoras europeas nos
preservaría de la arbitrariedad, pero, lamentablemente, se aprecia con nitidez
que seguimos inmersos en una pugna en la que la estabilidad financiera, un
principio absolutamente digno de tutela por el papel cardinal que desarrolla el
sistema financiero en nuestras sociedades, cede ante otros tipos de interés.
Se consideró que el
enfermo de Europa era el sistema financiero español, pero la verdadera carga es
el italiano. Nuestras autoridades, a diferencia de las italianas, no tuvieron
la capacidad de presión suficiente sobre la Comisión Europea y el Fondo
Monetario Internacional para evitar la aplicación de quitas sobre los
accionistas, bonistas y preferentistas, que fue un prerrequisito para la
facilitación del rescate.
Paradójicamente, la
transformación de las cajas de ahorros españolas se ha acometido con la
referencia de las fundaciones bancarias de inspiración italiana, que, como se
ve, ni han impedido la politización de estas entidades ni la consecuente mala
gestión que tiene postrado al sistema bancario italiano y quién sabe si al
europeo.
Pero lo más grave, para
nosotros, es la posible desintegración del proyecto de una genuina unión
bancaria para Europa, como paso previo a auténtica una unión económica y
monetaria, y, por último, a una Europa políticamente unida.
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