lunes, 26 de diciembre de 2016

“The End of Power”, de Moisés Naím

Moisés Naím escribió en 2013 “The End of Power”, con el significativo subtítulo: “From boardrooms to battlefileds and churches to states, why being in charge isn´t what it used to be”. Encontramos en el título ecos de otra obra escrita hace algunos años: “El futuro no es lo que era”, de Juan L. Cebrián y Felipe González.

Las decisiones tomadas en las salas de los consejos de administración, en los cuarteles de los ejércitos, en los gabinetes gubernamentales o en las sedes religiosas siguen siendo trascendentales para sus destinatarios directos e indirectos, pero la comodidad con la que fueron regidos los destinos colectivos se ve ahora condicionada por múltiples interferencias. 

Naím ha ejercido responsabilidades políticas de primer nivel (fue ministro en Venezuela), en organismos financieros internacionales (fue director ejecutivo del Banco Mundial) y en los medios de comunicación (ha sido editor jefe de la prestigiosa revista “Foreign Policy”), entre otros cometidos. Es asiduo de las citas de Davos, de las conferencias Bilderberg y de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional. La visión que le da su trayectoria es privilegiada para percatarse de que ejercer el poder ya no es lo que era.

La obra no sólo mantiene su vigencia, sino que es probable que la haya incrementado, a la luz de fenómenos como el “Brexit”, la victoria de Trump en los Estados Unidos, el deambular de la “Primavera Árabe”, la guerra de Siria, las tensiones en Ucrania, la creciente preponderancia rusa, la crisis permanente del sistema financiero internacional, las dificultades de Europa, etcétera.

La obra comienza con una confesión que le dirigió Joschka Fischer, uno de los políticos alemanes más prestigiosos, que acaso sea la idea seminal de la obra: “Uno de mis mayores `shocks´ consistió en descubrir que todos los imponentes palacios gubernamentales y otros adornos del gobierno eran, en realidad, lugares vacíos. La arquitectura imperial de los palacios gubernamentales enmascara realmente lo limitado del poder de los que trabajan allí”.

El poder consiste, muy genéricamente, en la capacidad de hacer que otros hagan, o dejen de hacer, algo. El poder se adquiere, se usa, se conserva y se pierde. Para Aristóteles, el poder, junto con la riqueza y la amistad, eran los tres componentes que, unidos, generaban la felicidad de las personas. Sería imposible detallar todos los pensadores que han dedicado sus esfuerzos a teorizar sobre el poder: Maquiavelo, Hobbes, Nietzsche, Dahl… Pero ninguno de ellos lo ha hecho en una época —plenamente globalizada— tan complicada como esta. Puede que Manuel Castells sea uno de quienes mejor han captado el cambio de época y sus implicaciones.

El presidente de los Estados Unidos o China, de JP Morgan o de Shell, el editor ejecutivo del New York Times, el jefe del Fondo Monetario Internacional o el Papa de la Iglesia Católica atesoran, cada uno a su nivel, un poder inmenso, pero muy inferior que el de sus antecesores.

Los Estados se han cuadruplicado en número desde 1940, pero ahora compiten no sólo entre sí, sino también con multinacionales y organizaciones no gubernamentales. Los conflictos se resuelven por estrategias políticas y militares más que, únicamente, por medio de estas últimas. Sin duda, las tesis de Clausewitz han quedado desdibujadas.

Algo similar ha ocurrido con las grandes corporaciones. Los líderes de las compañías de la actualidad ganan mucho más que los de antes, pero son bastante más vulnerables en términos reputacionales y de beneficio de sus compañías.

En el nuevo panorama del poder han entrado nuevos agentes en muchos ámbitos, incluyendo, por desgracia, algunos como los piratas, los terroristas, los insurgentes, los “hackers”, los traficantes, los falsificadores y los ciber-delincuentes. 

Estos nuevos pequeños agentes, sobre todos los legítimos, suponen la aparición de un nuevo tipo de poder: del “micropoder”.

Con Lord Acton, si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente y genera daño social. En el extremo opuesto, cuando el poder es demasiado difuso están servidos el caos y la anarquía.

Naím afirma que “un mundo en el que todos los jugadores tienen suficiente poder para bloquear las iniciativas de todos pero nadie tiene el poder de imponer su curso de acción preferido es un mundo en el que las decisiones no se toman, o se adoptan demasiado tarde, o se llevan al terreno de la inefectividad”. La reciente experiencia política española confirma la pertinencia de este enfoque.

Naím continúa: “Décadas de conocimiento y experiencia acumulada por partidos políticos, corporaciones, iglesias, militares e instituciones culturales afrontan el riesgo de la disipación. Y cuanto más resbaladizo es el poder, nuestras vidas se gobiernan, cada vez más, por incentivos a corto plazo y por temores, y menor es la posibilidad para dirigir nuestras acciones y planificar el futuro”.

Estos peligros y retos se manifiestan en múltiples ámbitos: el cambio climático, la proliferación nuclear, las crisis económicas, el agotamiento de recursos naturales, las pandemias, la pobreza generalizada, el terrorismo, los tráficos ilegales, los ciber-delitos y más. 

Los micropoderes, más que obstáculos, pueden ser una de las soluciones: “el mundo afronta cambios complejos que requieren la participación, más que nunca, de diversos partidos y jugadores para su resolución”, concluye Naím.

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