«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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jueves, 5 de marzo de 2015

La captura regulatoria según la presidenta de la Reserva Federal

Lamentablemente, expresiones como «puertas giratorias» («revolving doors»), «captura del regulador» («regulatory capture»), o «capitalismo de amigos» («crony capitalism») parecen haber arraigado con fuerza en los países más industrializados. 

Este compadreo o excesiva aproximación entre la administración pública reguladora/supervisora y las empresas reguladas/supervisadas, que pueden ser financieras o de otra laya, lastra la potencia de la economía y genera ineficiencias. Probablemente, como señala Luigi Zingales, que hubo de emigrar de Italia a los Estados Unidos para desarrollar su carrera, estas conductas no sean inherentes al capitalismo sino que estarían en sus antípodas.

En este rincón peninsular resulta difícil pensar que el supervisor, cualquiera de ellos, perore sobre su propia captura regulatoria, que no por silenciada dejaría de ser un riesgo latente. Por esta razón, son encomiables las reflexiones de la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, formuladas en un discurso reciente.  

Según Yellen, la supervisión y la regulación, para ser efectivas, deben ser independientes de las entidades sujetas a supervisión. Describe la «captura regulatoria» como la situación en la que una agencia regulatoria protege a la industria que debe supervisar antes que al interés público cuya salvaguarda tiene encomendada.

Esta captura, que puede que puede surgir en la supervisión de cualquier ramo, puede ser intencional o no intencional. En los casos más descarados, emergen manifiestos conflictos de interés, como que los funcionarios públicos esperen recompensas procedentes del sector supervisado. En los casos más intangibles, la cercanía y familiaridad entre las personas conduce a que se baje la guardia en exceso en favor de los empresas.

Establecido el diagnóstico Yellen entra en el tratamiento. La Reserva Federal se toma muy en serio este fenómeno y trabaja duro para prevenirlo. Se aplican estrictos códigos éticos y se promueven sólidos valores entre sus funcionarios, entre ellos un estrecho compromiso con la función pública. Se incentiva que las personas cercanas a las entidades supervisadas puedan manifestar sus dudas cuando tengan conflictos por la posible pérdida de imparcialidad, y se establecen procedimientos para que tales conflictos puedan ser reconducidos.

En su obra «Civilización: Occidente y el resto» (2012), Niall Ferguson se pregunta que habría pasado si los españoles hubieran colonizado el norte de América y los ingleses el sur. Al margen de ucronías, es posible que este discurso jamás se hubiera pronunciado.

viernes, 6 de febrero de 2015

¿Quién descubre los fraudes en las grandes empresas?

Durante la época posterior al derrumbamiento soviético, cuando se interpretó que la victoria del capitalismo implicaba el «fin de la historia» (Fukuyama), era obvio que, en un entorno de acelerado crecimiento, no surgirían debates de importancia sobre el buen gobierno de las empresas, especialmente de las de mayor tamaño. 

Estos fueron los días de la Gran Moderación, que coincidió en el tiempo con la estancia de Alan Greenspan en la Reserva Federal.

Los administradores y directivos, esos a los que se refirió Michels con su «ley de hierro de la oligarquía», monopolizaron la gestión, arrogándose privilegios y beneficios exorbitantes. Los accionistas y los integrantes de otros grupos de interés carecían de los instrumentos para fiscalizar de veras la gestión, pero es que tampoco estaban interesados en hacerlo: el valor de las acciones subía como un cohete, se pagaban jugosos dividendos, los proveedores cobraban puntualmente sus facturas por los servicios prestados, la Administración percibía impuestos en consonancia con la creciente actividad económica. Esta coincidencia de intereses sugiere que un tercero neutral debería haber verificado la gestión sana y prudente de las grandes compañías.

El círculo, o mejor dicho, la esfera, se cerró con la célebre «Greenspan put», que liberaba a la Reserva Federal de la adopción de medidas para contener la formación de burbujas e implicaba para los inversores y banqueros que, si jugaban en los mercados, la Reserva Federal no limitaría las ganancias, pero, si las apuestas no prosperaban, ésta limitaría las consecuencias, con la única condición de que todos ellos apostaran sobre un mismo activo, porque de hacerlo sobre activos heterogéneos no se produciría una amenaza sistémica (Raghuram G. Rajan, «Fault lines. How hidden fractures still threaten the world economy», 2010).

La quiebra de Enron en 2001 tuvo su impacto, pero no el suficiente para detener la burbuja en curso, ni para que se abriera un auténtico debate. El suflé que Enron resultó ser fue denunciado con alguna antelación por la revista Fortune, en un artículo con el sugestivo título de «Is Enron Overpriced?». Pocos se atrevían a cuestionar a este gigante con pies de barro, y quienes lo hicieron, como en este caso, hubieron de soportar inicialmente severas e injustas críticas.

En una época de miseria, como la posterior, en la que los gráficos que muestran la evolución de los beneficios empresariales han pasado de la oblicuidad a la forma de V invertida, las malas prácticas, incluso la comisión de delitos, no se han podido ocultar, y las situaciones irregulares han aflorado con violencia.

En España hemos tenido casos especialmente sonados, como el de Gowex, que vio la luz tras la publicación de un informe demoledor por Gotham City Research LLC.

En los dos casos mostrados, la prensa y una sociedad del sector, con posible interés en la caída de la cotización, revelaron las anomalías. Además de por estos agentes, la situación se podría poner al descubierto, en general, por la propia entidad, por sus empleados, por el supervisor, por la acción, individual o concertada, de los socios de la empresa, por una investigación policial o judicial, etcétera.
  
Luigi Zingales en «A capitalism for the People. Recapturing de Lost Genius of American Prosperity» (2012) muestra quiénes sacan a la luz los fraudes empresariales en los Estados Unidos. Según su análisis, en el 17% de los casos ha sido un solo empleado quien ha hecho saltar la liebre; en un 13% de los casos, los reguladores no financieros (como, por ejemplo, el de la energía o el de la aviación); la prensa ha descubierto otro 13%, los analistas, el 14%; los inversores bajistas, el 15%; los competidores, el 5%; las firmas de abogados, el 3%; los propios socios, el 3%; las empresas de auditoría, el 10% y el supervisor de valores (la SEC), solo el 7%.

Sorprende que el mayor porcentaje corresponda a los que están dentro de la empresa, lo que confirma la importancia de los códigos de conducta y de los canales de denuncia internos y anónimos, y que el supervisor de valores, es decir, la SEC (equivalente a nuestra CNMV) tenga una actuación tan pobre, lo que resulta incomprensible cuando hay de por medio un interés público. Lo que más estupor causa, sobre todo cuando los afectados son los pequeños accionistas, es que los supervisores sean incapaces de detectar o minorar los efectos de estas conductas.

sábado, 31 de enero de 2015

Un sistema financiero con corazón

Cuando en España, incluso en Europa, se abre algún debate financiero, en los Estados Unidos ya están de vuelta. Un ejemplo lo tenemos con la compra de deuda pública por el Banco Central Europeo, que comenzará, previsiblemente, en 2015, o con la devolución de los bonus indebidos percibidos por algunos banqueros.

Otra discusión de moda es la de la nueva cultura del sistema financiero. Sin embargo, si comparamos la reflexión de nuestros banqueros y supervisores con la de los norteamericanos, nos queda la impresión de superficialidad por parte de los primeros y la de que están a bastante distancia de estos últimos.

Como inciso, particularmente sangrante es el lenguaje que en general emplea el Banco de España para comunicarse, críptico y alejado de la comprensión por el ciudadano común. Por ejemplo, con una terminología, a veces, ciertamente mariana, el Gobernador de nuestro banco central ha afirmado en enero de 2015 que «las previsiones disponibles no se alejan del riesgo de que se mantenga [la inflación] en valores demasiado bajos por demasiado tiempo». O sea, que lo precios no subirán.

Por ello, gusta leer las opiniones de los representantes de la Reserva Federal, por el fondo y por sus formas. En este caso, Thomas C. Baxter, vicepresidente ejecutivo y consejero general de la Reserva Federal de Nueva York, pronunció en el Banco de Inglaterra, también en enero de 2015, un discurso sobre las recompensas para las entidades financieras de basar su actividad en una cultura ética, a lo que nos referimos en los siguientes párrafos.

Para Baxter, la imposición de sanciones (por la manipulación del Líbor, por las malas prácticas en la venta de instrumentos financieros, etcétera) son esencialmente retrospectivas cuando lo más positivo para el interés general sería tomar medidas proyectadas hacia el futuro, complementarias de estas otras.

En un impulso de sinceridad, cree que la nueva cultura ética debe eliminar parte de las malas conductas, pues, de lo contrario, la ambición de la perfección podría ser enemiga del progreso («we cannot let the goal of perfection become the enemy of progress»). La perfección, probablemente, no sea realista, asevera. Por ello, el reforzamiento de la cultura ética en la prestación de los servicios financieros debería reducir el volumen de «mal comportamiento» que hemos presenciado en estos años, huyendo de la búsqueda de su cercenación total, que es de improbable consecución.
 
¿Cuáles son los componentes de una fuerte cultura ética?, se pregunta. Habrá que estar al tipo de organización, a las personas y a la naturaleza de las habilidades necesarias para conducir la entidad.

Para empezar, hay que atender a los incentivos. Según  Baxter, y esto vale tanto para los banqueros como para los abogados, se busca hacer trabajo de calidad, con gente a la que se respeta y a cambio de un justo reconocimiento, que puede consistir en la remuneración o en la promoción.

Los empleados tomarán como referencia las acciones de los administradores y directivos, y no meramente sus peroratas («the songs they sing»). Lo peor será que las acciones no concuerden con las palabras, pues los empleados sentirán que trabajan para una empresa carente de integridad.
 
Los códigos de conducta pueden ser útiles para aglutinar los grandes valores de cada entidad financiera, y, en la medida de lo posible, no deben ser difíciles de entender ni tediosos. Estos valores codificados deben reflejar la función pública desempeñada por los bancos como intermediarios financieros y los privilegios inherentes a su estatuto.
 
En cuanto al cliente, no debe ser visto como una «oportunidad de negocio», sino como alguien a quien servir, al que, a cambio, se le puede cobrar, legítimamente, una comisión. Ver al cliente como una contraparte de la que extraer beneficio no es compatible con una cultura ética fuerte. Obviamente, un banco no rentable está destinado a la ruina, pero, más allá de esta obviedad, el fin del banco debe ser proveer un servicio de calidad a sus clientes y cumplir su función pública de intermediación financiera.

Para conseguir este delicado equilibrio, cada entidad debe reclutar a las mejores mentes, pero también a los mejores corazones. Las personas que buscan conseguir un bonus y ser contratados por otra empresa no encajan en este perfil. Por ello, los bonus se deben diferir en el tiempo, para evitar el cortoplacismo.
 
Cuando los bancos atraigan al personal mejor y más brillante, suficientemente retribuido, que entienda que el banco es el lugar donde construir una carrera ofreciendo a la clientela un servicio de calidad, en un entorno de respeto, se habrá dado un enorme paso adelante para consolidar la estabilidad financiera.
 
Aunque el punto más débil de la argumentación de Baxter, que ni siquiera se sugiere, es cómo proteger ante la propia empresa al empleado (por ejemplo, al compelido a vender preferentes a clientes no expertos para que se cumplan los objetivos comerciales o «estratégicos» de la entidad), estamos de acuerdo, en general, con sus reflexiones.