«Faber est suae quisque fortunae»

(Apio Claudio)

«Hinc tibi certandi bona parcendique uoluptas:

quos timuit superat, quos superauit amat»

(Rutilio Namaciano)

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miércoles, 10 de agosto de 2016

De mercaderes (y banqueros) a mecenas

(Jacques Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, 2ª ed., Alianza Editorial, Madrid, 2014, pág. 94)

“Pero esta evolución, acentuada y acelerada por la historia económica, no está relacionada con ella de un modo absoluto. Se trata de un movimiento natural que, en nuestra época, dirige al mercader del negocio hacia la propiedad inmobiliaria y terrateniente. En la juventud son los viajes; en la edad madura los negocios sedentarios; en la vejez un semirretiro en sus tierras. Más todavía que una cuestión de edad se trata de una cuestión generacional. El padre, creador de la empresa, aun en el caso de que ya en el inicio dispusiera de cierta fortuna, hace de ella su vida, a ella consagra su tiempo, sus problemas, su dinero. Los hijos o los nietos, criados en un ambiente desahogado que por su educación han recibido a la vez el gusto de la cultura y la sensibilidad por las cosas artísticas, dedican menos tiempo a los negocios y más a los gastos personales: placeres espirituales y placeres no tan nobles. Después de los que lo amasan, los que lo disfrutan. Después de los medievales que únicamente son mercaderes, los mercaderes-artistas. Modernamente Thomas Mann, en Los Buddenbrook, ha descrito esta evolución en el marco de una vieja ciudad de la Alemania hanseática, una evolución que fue frecuente en la Edad Media. Una célebre ilustración de ello la hallamos en la familia de los Medicis. Desde Cosme hasta Lorenzo, el dinero que destinan a financiar el Renacimiento florentino se echa en falta en los negocios de la firma familiar”.  

lunes, 4 de julio de 2016

Los comienzos de un negocio, según Philip K. Dick

Hexagrama 47 del I Ching
Le arrancan la nariz y los pies.
Opresión a manos del hombre con bandas rojas en
las rodillas.
La alegría viene dulcemente.
Ofrendas y libaciones son aconsejables.

«Durante mucho tiempo —media hora por lo menos— Frink estudió la línea y sus connotaciones, preguntándose qué podría significar. El hexagrama y especialmente la línea móvil lo perturbaban. Por fin, concluyó de mala gana que no recibiría el dinero.

—Te fías demasiado de ese libro —dijo Ed McCarthy.

A las cuatro llegó un mensajero de la Compañía W-M que entregó a Frink y a McCarthy un sobre de papel de embalar. Lo abrieron y encontraron dentro un cheque certificado por dos mil dólares.

—De modo que estabas equivocado —dijo McCarthy.

Frink pensó: Entonces el oráculo se refería a una consecuencia futura. Esto es lo malo; más tarde, cuando ha ocurrido, uno mira hacia atrás y descubre qué quería decir el oráculo. Pero ahora…

—Podemos empezar a instalar la tienda —dijo McCarthy.

Frink se sintió cansado de pronto.

—¿Hoy? ¿Ahora mismo?

—¿Por qué no? Ya hemos escrito las cartas pidiendo materiales. Sólo falta que las llevemos al correo. Cuanto antes mejor. Y los materiales locales los podemos traer personalmente. 

Poniéndose la chaqueta, Ed fue hacia la puerta del cuarto de Frink.

Habían dicho al propietario que le alquilarían el sótano del edificio. Ahora era utilizado como depósito. Una vez que sacaran los cajones podrían armar el banco de trabajo, arreglar la instalación eléctrica, montar los motores. Ya habían preparado los planos y las listas de materiales. De modo que habían comenzado ya, realmente.

Hemos entrado en el mundo de los negocios, pensó Frank Frink. Hasta estaban de acuerdo a propósito del nombre: “JOYAS TRADICIONALES DE EDFRANK”.

—Todo lo que podemos hacer hoy —dijo— es comprar la madera para el banco y quizás las partes eléctricas. Pero no los materiales de las joyas. 

Fueron a un depósito de madera en el sur de San Francisco. Media hora después ya tenían la madera.

—¿Qué te preocupa? —dijo Ed McCarthy mientras entraban en una ferretería al por mayor.

—El dinero. Me deprime. Financiar un negocio de este modo.

—El viejo W-M es un hombre comprensivo —dijo McCarthy.

Lo sé, pensó Frink. Por eso mismo me siento deprimido. Hemos entrado en el mismo mundo. Somos como él. No es agradable.

—No mires hacia atrás —dijo McCarthy—. Mira hacia adelante. A los negocios.

Estoy mirando adelante, pensó Frink. Recordó el hexagrama. ¿Qué ofrendas y libaciones podría hacer? ¿Y a quién?»

«El hombre en el castillo», Philip K. Dick

(Sobre literatura y emprendimiento, ver también: «Claves para empezar un negocio con éxito, según Murakami»).

viernes, 25 de marzo de 2016

Claves para comenzar un negocio con éxito, según Murakami

— […] Supongamos, por ejemplo, que vamos a abrir un local. Un restaurante, un bar, cualquier cosa. Imagínate la situación. Quieres abrir un local. Entre varios lugares posibles, tienes que elegir uno. ¿Qué harías?

— Pues no sé, barajando diferentes posibilidades, debería calcular el alquiler, el préstamo, la devolución, la capacidad del local, la posible rotación de clientela y la consumición aproximada por cliente, los gastos de personal, hacer un balance…

— Eso es lo que hace la mayoría de la gente. Y por eso fracasa —dijo riendo mi tío—. Voy a explicarte lo que hago yo. Si un lugar me parece bueno, me planto allí tres o cuatro horas diarias, un día, otro día y otro día, con los ojos clavados en la cara de la gente que pasa por la calle. No hace falta pensar en nada, no hace falta hacer ningún cálculo. Basta con mirar qué tipo de gente pasa por allí, qué cara tiene. Tardo una semana como mínimo. Durante este tiempo, he visto las caras de tres o cuatro mil personas. Es posible que necesite más tiempo. Pero llega un momento en que lo veo claro. Como si la niebla se hubiera disipado de repente. Qué tipo de lugar es. Qué requiere. Y, si las exigencias del lugar son distintas a las mías, lo dejo correr. Voy a otro sitio y repito el proceso. Pero si comprendo que las exigencias del lugar coinciden, concuerdan con las mías, eso significa que ha habido suerte. Y la suerte hay que amarrarla bien, no hay que dejarla escapar. Pero antes de eso he tenido que estar allí plantado día tras día, llueva o nieve, como un imbécil, mirando fijamente con mis propios ojos la cara de la gente. Los cálculos puedo hacerlos después. Soy una persona básicamente realista. Sólo creo en lo que puedo verificar con mis propios ojos. Las razones, ventajas y cálculos, los principios y las teorías, son para personas incapaces de ver con sus propios ojos. Y la mayor parte de la gente de este mundo lo es. No sé por qué será. De intentarlo, cualquier debería poder, ¿no te parece?

— Entonces no era sólo el toque mágico.

— ¡Ah! También lo hay —dijo mi tío sonriendo—. Pero no basta. 

«Crónica del pájaro que da cuerda al mundo», Haruki Murakami

jueves, 15 de octubre de 2015

El “desemprendimiento” como forma de emprendimiento

(Publicado en Legal Today el 15 de octubre de 2015)

Nuestro país, para qué pensar lo contrario, ha estado salpicado de grandes comerciantes y empresarios, aunque quizás haya faltado, con perspectiva histórica, una verdadera cultura empresarial que nos acercara a las formas capitalistas más genuinas y avanzadas, y, reflejamente, a mayores cotas de bienestar material.

En un principio, unas cinco centurias atrás, la profesión de banquero era un apéndice de la de mercader, luego es una obviedad que, menudeado los grandes mercaderes, también lo hacían los grandes banqueros, con la excepción, por ejemplo, de un Rodrigo de Dueñas, dominador del comercio y buen servidor de Carlos V (que fue un verdadero desastre con las finanzas públicas de la Corona, en beneficio, claro es, de sus banqueros españoles, germanos e italianos, a pesar del aluvión de oro y plata procedente de América y de contar con una Escuela como la de Salamanca, con un agudo y atento Tomás de Mercado de observador).

Desde tiempo inmemorial, con estos dos elementos, es decir, con la voluntad y el impulso para erigir un proyecto y ejecutarlo, y con la financiación necesaria para ello, propia o ajena, se dispone de la materia prima para, como ahora se dice, emprender (concepto este un tanto viscoso, a la vista del artículo 3 de la Ley 14/2013, de 27 de septiembre, de apoyo a los emprendedores y su internacionalización, que desfigura el de empresario, sin que sea del todo posible separar uno del otro, aunque parece que el ánimo de lucro ha de estar, en todo caso, presente).

El emprendimiento, al fin y al cabo, está de moda, y es normal que ello ocurra en una época de crisis y de comienzo de salida de ella, en la que las administraciones públicas no reclutan funcionarios y las empresas privadas ya implantadas no realizan apenas nuevas contrataciones. Tenga uno o no espíritu emprendedor está forzado a emprender, pues la alternativa es la nada. 

Este contexto también justifica que, más recientemente, se aluda al “emprendimiento corporativo”, conforme al cual, quien se halla inserto en una estructura ya instituida también puede emprender, aprovechando para mejorar la organización, su actuación o intensificar sus rendimientos, en cualquiera de las formas en que estos pueden ser medidos.

Lo que nos ha impactado, y es una vía no diremos que inexplorada pero sí que es una sobre la que se reflexiona menos, es que el emprendimiento siempre se asocia con crear, aunque también se puede asociar, por el envés, con “destruir”, al menos, aparentemente.

En el ámbito económico la idea no es nueva, y ahí tenemos la conocida, según Schumpeter, como “destrucción creativa”, que es la esencia misma del capitalismo, e implica el sometimiento de las empresas a una continuada evaluación, en la que lo viejo convive con lo nuevo, y de este choque resulta algo materialmente menguado pero innovador y mejor que lo anterior (ciertamente, es inevitable un claro eco darwiniano).

Por tanto, una vez constituida la empresa y puesta en valor, lo ideal sería “salir” de la misma justo cuando la línea de los beneficios está comenzando a llegar a la cumbre y el gráfico anticipa el comienzo del descenso, ya sea por un fracaso o agotamiento del modelo, por el entorno económico o por una combinación de ambas circunstancias. Lo normal será que el emprendedor o empresario, no sus asesores, intuya la llegada de este momento, y ponga el marcha el proceso de “fuga”.

¿Cómo nos influye, en nuestra condición de juristas que asesoran a terceros, este proceso? Lo primero es que hemos de ver más allá, como mostrábamos al comienzo, de los rudimentos para constituir jurídicamente y dotar de recursos financieros a una empresa, lo que parece ser la esencia de un emprendimiento mal entendido, pues a veces parece más relevante lo rápido que se constituye una sociedad limitada o anónima que su misma base material y personal, amparada en algo tan intangible como es la intuición de una posibilidad de negocio, que es lo que dotará de “la chispa de la vida” a la empresa.

Habrá que manejarse, más bien, en el conocimiento de la venta del negocio, en la sucesión empresarial, en la subrogación contractual, en el impacto fiscal y contable para los socios, en la limitación de la responsabilidad de los administradores, y hasta en la liquidación de la empresa.

Paradójicamente, si nuestro cliente es un verdadero emprendedor, será en esta etapa final, una vez realizados sus beneficios, cuando tendremos que regresar al comienzo y demostrar nuestra pericia en cómo se crea una nueva empresa, pero no partiendo de la nada, sino con los elementos materiales e inmateriales atesorados en la experiencia empresarial previa.

Por último, un breve apunte sobre nosotros mismos como empresarios, no como asesores de terceros. En las profesiones muy personalistas, en las que el cliente no busca tanto un bien o un servicio sino las condiciones inherentes a una concreta persona que lo produce u ofrece, respectivamente, no es tarea sencilla la de disociar a esta del negocio, por lo que el proceso de cambio que hemos mostrado es arduamente aplicable. Se puede mejorar o sofisticar el “know-how”, se puede perfeccionar el envoltorio, pero será la persona, que es insustituible, la que estará perennemente en el centro. 

Para bien o para mal, en profesiones como la abogacía, sobre todo cuando no hay de por medio grandes despachos de abogados que adoptan una forma societaria, la empresa es perpetuamente indisociable de la persona, con una sola salvedad, que nos hace recordar el artículo 1.595 del Código Civil, que resuena como una advertencia: “cuando se ha encargado cierta obra a una persona por razón de sus cualidades personales, el contrato se rescinde por la muerte de esta persona”.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Quiero ser miniempresario, tronco

(Publicado en ¿Hay Derecho? el 18 de octubre de 2013)

Podemos imaginar a ese joven burgués del siglo XIX dirigiéndose con temor, casi reverencial, a su progenitor: «Padre, deseo ser comerciante». A continuación, éste, con el Código de Sáinz de Andino o con el recién estrenado Código de Comercio de 1885 sobre la mesa, le daría la bienvenida a ese mundo apasionante, accesible entonces sólo para unos pocos y lleno de riesgo y ventura, un medio de vida al que entregarse y, por qué no, apto para alcanzar superiores niveles de bienestar material y realización personal.

Si desplazamos nuestra mirada a mediados del siglo XX, podríamos entrever una situación menos rígida pero similar: «Papá, quiero ser empresario». El padre, con las páginas del Boletín Oficial del Estado aún frescas, contemplando la Ley de Sociedades Anónimas de 1951, proporcionaría su plácet, sin dejar de vislumbrar el posible éxito del proyecto filial y su carácter duradero, y un instrumento para la odisea de «hacerse a sí mismo», envuelto de sacrificio y aleatoriedad.

Por último, si de las brumas del pasado regresamos al siglo XXI, la conversación entre hijo o hija y padre o madre podría ser ésta: «tronco/tronca, quiero ser miniempresario/miniempresaria».

Hemos transitado del comercio y el comerciante a la empresa y al empresario, y de ahí al emprendedor y a la cultura del emprendimiento, con el apéndice de la miniempresa.

La verdad es que nos sentíamos cómodos con los conceptos de empresa y empresario, tomando como referencia, por ejemplo, la definición del Profesor Uría: es empresario «la persona física o jurídica que por sí o por medio de delegados ejercita y desarrolla en nombre propio una actividad en el mercado constitutiva de empresa, adquiriendo la titularidad de las obligaciones y derechos nacidos de esa actividad».

La Ley de Apoyo a los Emprendedores y su Internacionalización trae el nuevo concepto de miniempresa —o empresa de estudiantes—, confirmando la plena vigencia de la célebre frase de Kirchmann: «tres palabras rectificadoras del legislador convierten bibliotecas enteras en basura».

No parece que el recorrido de la miniempresa vaya a ser muy largo ni que este nuevo instrumento vaya a incidir sustancialmente en la rebaja del déficit público y la deuda pública, o en la de la tasa de desempleo, ni que coadyuve al crecimiento del PIB. Pero está ante nosotros, en una norma legal pendiente de desarrollo reglamentario y por eso, y porque desfigura conceptos centenarios de nuestra tradición mercantil, merece que le dediquemos cierta atención.

La miniempresa, que en el preámbulo de la ley se describe como «como herramienta pedagógica», parece entroncar con los propósitos reformistas que pretenden incidir en la denominada «educación para el emprendimiento» (artículos 4 a 6). Los estudiantes podrán realizar a través de ella transacciones reales, dando esquinazo a un elemento tan esencial como inescindible de la empresa: el riesgo.

La miniempresa servirá a los estudiantes, por lo que, en coherencia con los artículos 4 y 5 de la ley, podría abarcar desde la educación primaria hasta la universitaria, pasando por la formación profesional. Obviamente, este amplio espectro de edades obligaría a diferenciar según la menor o mayor edad de los estudiantes, o por la circunstancia de que estos ostentaran capacidad de obrar o no.

Este instrumento pedagógico se creará por una organización promotora, que se presume que habrán de ser los centros educativos o universitarios, y se sujetará a control público, pues será necesaria la inscripción en el registro que se habilite al efecto. Una empresa privada supervisada por lo público casa mal con la independencia empresarial, pero es evidente que los futuros empresarios deben estar aleccionados desde la edad más tierna para comprender la realidad.

La miniempresa no es un juego, pues tras la inscripción registral podrá realizar transacciones económicas y monetarias, emitir facturas y abrir cuentas bancarias. Reglamentariamente se establecerán los modelos que faciliten el cumplimiento de sus obligaciones tributarias y contables.

Su duración será de un curso escolar, prorrogable a un máximo de dos cursos escolares, debiendo liquidarse al final del año escolar, presentando un acta de liquidación y disolución.

La organización promotora suscribirá un seguro de responsabilidad civil u otra garantía equivalente, cubriendo la actividad desarrollada frente a terceros, e incluso liberando de responsabilidad a los representantes legales de los menores por sus actos y omisiones.

La mera mención a obligaciones tributarias y contables y a transacciones bancarias, aunque sean básicas, muestra la complejidad que puede alcanzar la actividad de estas entidades. ¿Qué forma societaria adoptarán? ¿Cuáles serán sus fondos propios y quién los aportará? ¿Cómo se administrará la entidad? ¿Con qué recursos se nutrirán las cuentas bancarias? ¿Qué bienes y servicios se ofertarán? ¿Quién se «atreverá» a contratar con estas entidades? ¿Y si se causan daños a los consumidores? ¿El estudiante que preste un servicio por cuenta de la empresa será un trabajador? Si se generan beneficios, ¿dónde irán las ganancias? ¿Y las pérdidas? ¿Y las cuotas de liquidación? Son muchas las cuestiones a dilucidar, y acaso éstas sean las más simples.

No discutiremos si la miniempresa es un instrumento que venía siendo demandado por la sociedad o si entre las prioridades educativas más perentorias figura que un joven sepa qué es una empresa, su génesis, vida y muerte, con preterición de otras materias.

De lo que si estamos convencidos es de que no se puede desligar a la empresa del riesgo, luego la primera lección ya estará mal enseñada y peor aprendida por los alumnos: no hay empresa ni beneficio sin riesgo.

Tampoco hay empresa sin ambición, palabra en franca decadencia que, por supuesto, no aparece en el texto de la ley ni tiene muy buena acogida en nuestros días. El Comité Económico y Social Europeo dictaminó en 2010 que «hay que promover la ambición y valorar el significado de la creatividad y el espíritu empresarial, sin confundirla con el negocio o la generación de beneficios», lección que parece que tampoco se enseñará a nuestros «jóvenes empresarios en formación».

Para que se propague la «cultura del emprendimiento» y la ciudadanía sea proclive al fomento de la actividad empresarial han de darse una serie de condicionantes muy específicos, que por tradición e Historia no han calado entre nosotros. No es ocioso recordar, una vez más, las enseñanzas de Acemoglu y Robinson. Una muestra palmaria es que las palabras entrepreneur (emprendedor) y entrepreneurship (emprendimiento), originarias del siglo XVIII, no han sido recibidas en España hasta hace apenas unos años.

Como señaló Max Weber, el «espíritu del capitalismo» prendió especialmente en el protestantismo calvinista, aunando la limitación del consumo y la liberación del afán de lucro, con el lógico resultado de la formación de capital mediante el imperativo ascético de ahorrar. Las trabas que se oponían al consumo de lo ganado coadyuvaron a la utilización productiva como inversión de capital, emergiendo con fuerza las clases medias tras la maduración de este proceso.

Entretanto, aquí seguíamos apegados a criterios fisiocráticos, quizá por la estrecha vinculación con Francia, y de adscripción a grupos sociales muy cerrados, lo que impidió nuestro ascenso a la champions league de los Estados más desarrollados política, social y económicamente.

No creemos que la miniempresa sea capaz a corto plazo de cambiar una tendencia histórica tan arraigada, ni que permita la consolidación de una filosofía del emprendimiento. Además, correremos el riesgo de que los miniempresarios y los miniempleados terminen aceptando los minijobs y los minisueldos, lo que no hará sino ensanchar y perpetuar las distancias entre los que más tienen y los que tienen menos.