sábado, 31 de octubre de 2015

“Capitalismo canalla”, de César Rendueles

A veces te encuentras con el libro que te hubiera gustado escribir y que otro ya ha escrito, bien por la estructura de la obra, bien por su mismo contenido, incluso por ambas cosas.

Puede que este sea uno de ellos, pues llevo algún tiempo dándole vueltas a la idea de escribir sobre determinados temas, sobre el sistema financiero y los banqueros, en particular, pero con un enfoque más heterodoxo, afrontando la tarea no de frente sino de forma más tangencial, desde disciplinas como pueden ser la Historia o la Historia del Arte. Una primera aproximación, aunque parcial, en esta línea, ya la he afrontado con un artículo sobre los banqueros de Carlos V, que se publicará en breve en el número 17 de la revista Extoikos.

En el caso de este libro de Rendueles, el autor ha optado por tratar sobre el capitalismo, pero no con un enfoque filosófico, económico o jurídico, que son tres de los muchos que admite la materia, sino desde la literatura y con visión personal.

En el fondo, se puede estar de acuerdo o no con el contenido del libro, sobre lo que volveré más adelante, pero se han de reconocer, de entrada, varias cosas. 

Primero, el amplio bagaje cultural de Rendueles, que se aprecia que ha leído y vivido, y mucho. Tenía sobre la mesa “Capitalismo canalla”, recién lazado por Seix Barral, y “Sociofobia”, este último uno de los ensayos con más impacto de los últimos años. La simple lectura del primero, y el comienzo inminente de la lectura, casi estudio, del segundo, me hacen incluir a Rendueles entre los pensadores que hay que seguir. Además, tiene cuenta en Twitter. 

Segundo, que considero que nos encontramos ante un autor sincero, honesto intelectualmente, que cree en lo que dice. Me queda por comprobar, el tiempo lo dirá, si está en disposición de atender a enfoques alternativos al propio, incluso a corregir sus posiciones iniciales. 

Tercero, que esta obra es amena y divierte, y se lee casi del tirón, a pesar de que la materia sobre la que se escribe no es divertida, pues no deja de ser una reflexión sobre la dominación que unas personas ejercen sobre otras, dominación que, obviamente, no es privativa del capitalismo.

“Capitalismo canalla” es una reflexión inversa, que desde lo etéreo, desde la ficción, desde una realidad quizás no tan inventada, conduce, en sus dos últimas páginas, acaso de forma algo brusca narrativamente, al drama de los clientes de las entidades bancarias y de los hipotecados. Este íter es interesante, y deja la puerta abierta a una prolongación del libro, en la que Rendueles podría estar trabajando ya. Ahora bien, un fenómeno es el capitalismo y otro lo financiero, aunque, efectivamente, tiendan a identificarse. Antes de que el capitalismo existiera ya hubo banqueros -inicialmente llamados “mercaderes”- lo que abre ramificaciones sobre las que quizá mereciera que se prestara mayor atención, bajo la premisa de que lo financiero, sirva al capitalismo o a cualquier otra forma de organización económica y política, siempre se ha de reputar como accesorio o auxiliar.

Ciertamente, antes entrar, someramente, en lo que es la obra, desde que, al parecer, Deng Xiaoping, dijo eso de de que “enriquecerse es glorioso” y China se ha convertido en una de las primeras potencias capitalistas, resulta complicado saber dónde comienza y acaba el capital, si realmente hay alternativas y el destino hacia el que nos dirigimos o nos dirigen (si es que nos podemos autogobernar o alguien lo hace por nosotros, respectivamente, desde dentro o fuera de los sistemas de representación política, y con legitimidad crecientemente discutible, en todo caso). Puede resultar excesivo afirmar que el parlamento es “una cámara de comercio cuyos diputados son literalmente representantes de las empresas”, y que “en este mundo el capital no necesita dar golpes de Estado porque se vive en un permanente estado de excepción mercantil”.

Con las palabras que siguen no pretendemos mostrar abiertamente una discrepancia, ni abrir un debate o polémica, pues hemos dicho que nos encontramos ante un gran libro de un gran autor, sino acotar y aportar puntos de vista complementarios y diversos sobre una misma materia.

Para Rendueles, hay que aprehender los procesos sociales para comprender los cataclismos que agitan nuestras vidas (y diría que por “nuestras” hay que entender las de todos, las del 99%, o el 99,9%, según se mostrará, de la población). Estima que las clases dominantes siempre “se han distinguido por su paupérrima imaginación política”, y nos obligan a decidir entre ellos o el caos, como dijo De Gaulle.

En la época actual, el capitalismo especulativo lo domina todo, en menoscabo de la democracia y la igualdad, destacando fenómenos como “la economía de casino” o la “cleptocracia” (fenómenos absolutamente repugnantes, sobre todo el segundo, para cualquier mente mínimamente lúcida, incluso favorable al capitalismo, apostillo, cuando nos rodea tanto dolor de nuestros semejantes). A su parecer, “la colonización mercantil de todos los ámbitos de nuestra vida tiene un origen muy reciente y tal vez su final también sea inminente”. Como ha mostrado Michael Sandel en Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, no todos los espacios de nuestra vida se han invadido por lo mercantil, ni creemos que el fin del mercantilismo esté tan cerca. 

Sí compartimos que las empresas sean focos de subordinación aceptados en silencio por todos, en contra de un sistema de convivencia basado, en teoría, en la libertad (“cuando accedemos a nuestro puesto de trabajo, renunciamos a nuestra soberanía como ciudadanos para someternos al dictado de normas despóticas y arbitrarias”). Este hecho no ha escapado al análisis, por ejemplo, de Ronald Coase. No deja de estar justificado, pues el trabajador lo es por-cuenta-ajena. Cabría una alternativa, la de que los trabajadores tuvieran acceso, directamente, a la titularidad de los medios de producción (por ejemplo, mediante las llamadas sociedades laborales, reguladas en España por la Ley 44/2015, de 14 de octubre), o la de que estos pudieran participar en la gestión empresarial (como pasó con las cajas de ahorros españolas, que carecían de propietarios y terminaron, en gran parte, como ya conocemos). En esta sintonía, Rendueles refiere lo siguiente: “Como recordaba el historiador David Harvey, en Suecia el plan Rehn-Meidner de los años setenta proponía, literalmente, comprar de una manera paulatina a los dueños de las empresas su participación en sus propios negocios y convertir el país en una democracia de trabajadores”. 

El “alquiler” de parte de nuestra vida, de nuestro tiempo, que no tiene precio, no debe ser necesariamente incompatible con “los bebés insomnes, la exaltación del amor, las riñas familiares, la lealtad o la traición…”, sino que hasta nos puede preservar, como válvula de escape, de algunas de las tensiones, que las hay, de la vida cotidiana y doméstica. También existe espacio en el trabajo, además de para la competencia atroz dentro de la empresa y de esta con otras empresas, para la autorrealización personal, para la creatividad, para la camaradería y la profundización en las relaciones personales. No es infrecuente encontrar en las empresas a personas rectas, éticas, que no se someten únicamente al beneficio, al lucro, a la estructura jerarquizada que una corporación es. 

Rendueles cree que “el mercado libre no es el resultado espontáneo de un instinto emprendedor innato en la especie humana”. Este impulso, desde luego, no creemos que nazca con nosotros, a diferencia de otros que sí son muy humanos, como el egoísmo y su contraparte, la solidaridad, que son irreconocibles el uno sin el otro. Se nos viene a la cabeza, acaso sin conexión con lo que ahora nos concierne, la letra de Rafael Berrio: “La bobada angelical de las dos caras del mal” (“El animal que has sido”, Paradoja).

Menciona, no sin parte de razón, que incluso en la misma génesis de la actual Unión Europea, a través del comienzo de las tres Comunidades erigidas en la década de los 50 del pasado siglo, late la idea de que el comercio sembrará las semillas de la paz y la prosperidad, aunque no es infrecuente que los países que defienden este argumento sean los primeros en “recurrir a la violencia para proteger los intereses de las empresas”. Ahí tenemos ejemplos que podrían confirmar la pertinencia de esta tesis, como el de la obra de Naomi Klein en La doctrina del shock. De todas formas, muy pocos países en el globo pueden permitirse esta flagrante contradicción, muy propia de una diplomacia y de un entendimiento del Estado más que centenarios y que merecen ser actualizados. Cada cual responde de su pecado, de su hybris, cuando no se asume la “dorada mediocridad” que nos corresponde, como le ocurre a estos Estados y a Robinson Crusoe, comparación que nos parece muy ajustada.

El mercado libre “nos priva de la posibilidad de deliberar en común para tomar decisiones colectivas que no pueden ser el subproducto de la interacción individual egoísta”. No vemos que sea tarea sencilla la de deliberar conjuntamente, cuando pueden ser miles, cientos de miles, millones, cientos y miles de millones, los afectados por una sola decisión. Tanto los vigentes sistemas de representación política como los económicos parten de estas limitaciones, a la vez que procuran dar respuesta, dentro de lo posible, a los intereses colectivos. Hayek mostró en Camino de servidumbre, y somos conscientes de que sus tesis son discutidas y discutibles, que ninguna organización es capaz de prever de antemano todas las circunstancias que pueden acaecer y el justo y correcto tratamiento para cada una de ellas, que el legislador omnisciente es una quimera. Precisamente, Rendueles señala, con acierto, a Hayek y Friedman como los impulsadores de la globalización neoliberal de la que tomó sus “apuntes de clase” Thatcher. Por ello, la interacción individual, en consonancia con la acción política tradicional y los nuevos cauces participativos, puede servir para tapar los gaps que se puedan detectar en la práctica. La apelación a la democracia participativa ateniense, a la asamblea (ekklesía), pasa por alto, primero, que en ella solo participaban algunos integrantes de la polis, con preterición de muchos otros, y, segundo, la complejidad de nuestra época, que las nuevas tecnologías no pueden neutralizar.

“Capitalismo canalla” es un transitar por multitud de obras y escritores. En Rosa Blanca, nos ha llamado la atención un paternalista don Jacinto, que es “responsable de la suerte de todos los que habitan” la heredad, ante el empuje de quienes desean adquirir la propiedad para explotar la riqueza mineral del subsuelo. En este paternalismo hay algo que también nos choca y atemoriza, pues parece borrar la misma identidad de los tutelados.

Nos ha parecido simpática la anécdota sobre el tedioso rodaje de la película de Gamoneda, y la frase de este a propósito de la reforestación de un bosque cerca de León: “¿Para qué tantos árboles, si para colgarse basta con uno?”. Igualmente graciosa es la reflexión de Rendueles sobre la relectura de En el camino, pasados los años, para sentenciar: “No consigo entenderlo, la verdad. Hoy En el camino me parece una mierda sin paliativos. Me he obligado a volver a leerla varias veces, tratando de dar con algún resto de lo que me impactó. Soy incapaz”. Buenísimo.

Impactante también es la obra El trueno, y el plan de rotación de cultivos para los próximos 160 años que en ella se muestra: “Pienso en la gente que estará dentro de 160 años… Nuestros biznietos o sus hijos, por ejemplo”. Esto es lo que ahora se conoce como “crecimiento sostenible”, que no debe ser entendido como garantía de la perpetuidad de unos pocos en el poder, sino de que el don que hemos recibido lo hemos podido conservar para su traspaso a las generaciones venideras. Es la clave que Rendueles hace resonar, consiguiendo un buen efecto, en esta parte de la obra: la conexión entre “los vivos y los muertos”. Para un conservador recalcitrante como Edmund Burke, la base de la sociedad es una relación que liga a los vivos, a los muertos y a los que nacerán. 

Otro libro de los que se hace eco Rendueles, del que se ha hablado bastante en los últimos años, es Las uvas de la ira, que nos permite visionar la situación de las masas empobrecidas de norteamericanos en la época de la Gran Depresión, justo cuando estaban cuajando en Europa los totalitarismos de todo signo.

Delicioso es El lazarillo de Tormes, una obra que merecería, de por sí, un libro para su análisis desde el punto de vista de la estratificación social en España, de lo vano y la vanidad de nuestros aristócratas y clases acomodadas, y que nos permite alcanzar la convicción de que en esta tierra, entonces y puede que ahora, poco hay que reprobar a muchos pícaros que solo buscan ganarse el pan para el día a día. Campomanes o el Marqués de la Ensenada, años más tarde, tomarían medidas para atajar, por sus efectos antes que por sus causas, el problema social de la pobreza, y así se llega a Dickens y su Oliver Twist. Es llamativo que fue con la Segunda República cuando se aprobó, en 1933, la tristemente célebre Ley de Vagos y Maleantes, en otra quiebra, ya citada, como la que llevó a China a convertirse en capitalista, lo que nos provoca, en ambos casos, desorientación. 

Otro anclaje entre la realidad y la literatura lo proporciona Ragtime, en la que, como en Primera Sangre, que fue origen de Rambo, el pequeño agravio sufrido por un hombre normal y recto despierta un afán ilimitado de justicia pero también de violencia. Este sentimiento de rechazo también lo sintió Frankenstein, en Frankenstein o el moderno Prometeo (y, añadimos, los Nexus de Blade Runner).

No comparto que “tras el capitalismo tal vez, y sólo tal vez, estemos en situación de desafiar las grandes tragedias de nuestras existencia”. El conflicto social existirá siempre, por lo que lo relevante será que se disponga de medios para su canalización y resolución, en libertad e igualdad. El capitalismo será tan culpable como cualquier otro sistema, pero no la única flor del mal. Ahora bien, atribuir cualidades inherentes a las personas, a una cosa, abstracción o proceso social no deja de ser un cierto salto al vacío. Son las personas, no los sistemas, las que deben ser evaluadas por sus acciones y comportamientos.

Lo que podría ser un mundo paralelo al nuestro, ignoramos si con éxito, es el de Trilogía marciana, en la que los colonos terrícolas de Marte prescinden de los líderes, “y nadie pierde el tiempo comprando o vendiendo, porque no hay mercado”. Este mundo paralelo, alternativo, se reitera en La trilogía de Auschwitz y en el hallazgo en la “estepa bielorrusa de una muchedumbre completamente dispar a la que sólo cabe describir como ´personas´”, lo que Rendueles identifica con la democracia.

“La globalización neoliberal es la historia de cómo el noventa y nueve por ciento entregamos voluntariamente el control del nuestras vidas a fanáticos con una percepción delirante de la realidad social”. Realmente, estudios recientes del Fondo Monetario Internacional, entidad que también levanta suspicacias, muestra que los poseedores de la mayor parte de la riqueza mundial no son el 1%, sino el 0,1% de la población.

Comparto que la burbuja de riqueza con la que nos endulzaron en los últimos años era una falsedad, un error, un mito. En mi último libro también aludo al presidente Zapatero y a la presunta participación de España en la Champions de la economía mundial.

El jubileo, que podría mitigar la burbuja de deuda pública y privada, no llegará, aquí nadie pondrá el contador a cero (“perdona nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, llegamos a rezar antes de la enmienda del Padre Nuestro).

Yo también he ido al trabajo insomne e impregnado del vómito de uno mis hijos, y mientras escribo esta reseña que está a punto de terminar veo a mis hijos jugar en la distancia.

Creo que es mucho lo que comparto con César Rendueles. Pero discrepo en que el 99,9% de la población tenga por enemigo exclusivo al capitalismo, que, como cualquier creación humana, puede ser igual de bueno que malo. Recordemos que Adam Smith, padre de la Economía moderna, fue profesor de ética. 

Los enemigos, que los hay, son pocos y puede que pululen por otros lugares. En Las Benévolas, libro que me causó una honda impresión, aparece un desagradable personaje, un ideólogo nazi, que cuando el régimen se empieza a derrumbar se anticipa, se cambia de chaqueta y ofrece sus servicios a la URSS. Estos personajes que están por encima de las ideologías, o que las manipulan a su antojo, me parece que son los verdaderos canallas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario