lunes, 7 de agosto de 2017

Juan Ramón Jiménez y su reclamación excesiva

Las cajas de ahorros lograron aunar la actividad financiera con la social. Su desaparición ha supuesto, sin duda, una pérdida irreparable desde ambos prismas.

El viejo modelo, ajeno a la dureza de los mercados, se basaba en la fuerte confianza que irradiaba e inspiraba en la clientela. Lamentablemente, como decimos, las cajas son parte del pasado.

Hoy día, las mejores cajas son fundaciones bancarias, pero, en términos agregados, estas, ni de lejos, aportan desde el punto de vista de la obra social lo que las cajas ofrecieron en sus mejores años.

Estas reflexiones las traigo a propósito del documento que me ha enviado desde Cádiz mi buen amigo y, ocasionalmente, mi secretario en determinado ámbito, Miguel Rodríguez Sánchez.

Se trata de la publicación “De la curiosa historia de una reclamación excesiva”, de Juan Ignacio Varela Gilabert, editada por la Caja de Ahorros de Cádiz en 1986, que forma parte, con el nº 4, de la serie “Fuentes Documentales”. La Caja de Cádiz, creada en 1885, es la más antigua de las cajas que se integraron en Unicaja, hoy transformada en Fundación Bancaria Unicaja, la cual, a su vez, es accionista de referencia de la entidad cotizada Unicaja Banco, S.A. 

Entiendo que las cuatro cartas manuscritas del poeta de Moguer y el resto de documentación cruzada con la Compañía Trasatlántica forman parte en la actualidad del archivo de la Fundación Bancaria Unicaja.

Del carácter complejo, incluso algo agrio, de Juan Ramón ya teníamos referencias bien fundadas, que se vienen a confirmar por lo que se desprende de esta anécdota, que se desarrolla entre 1915 y 1916, en la que se vio envuelto nuestro poeta galardonado con el Nobel en 1956. En ella podemos encontrar referencias a los Derechos Mercantil y Marítimo y al todavía no nacido a la sazón Derecho de Consumo.

Como relata Varela Gilabert, la anécdota comienza con el viaje de Zenobía Camprubí y su madre a Nueva York, en 1915, donde contrajo matrimonio con Juan Ramón, el regreso de ambos por barco (vapor “Montevideo”), ya desposados, en 1916, desde aquella ciudad a Cádiz y la reclamación presentada por el célebre poeta a su arribada, por medio de un notario, contra la Compañía Trasatlántica por deterioro de equipaje.

El documento que analizamos aglutina, entre otros, los escritos presentados por Carlos Barrie, agente de la Compañía Trasatlántica, al presidente de la misma, el segundo Marqués de Comillas, Claudio López y Bru, grande de España y hombre de negocios. El Marqués de Comillas era amigo del padre de Zenobia, Raimundo Camprubí, y, de hecho, aquel pide a Barrie por una carta de 23 de noviembre de 1915, que en el viaje de ida a Nueva York, la madre y la hija fueran atendidas “en todo”, “y que las recomiendes especialmente al Capitán, en mi nombre, proporcionándolas el más cómodo alojamiento que las circunstancias permitan”. 

A este cruce de correspondencia se unen cuatro cartas manuscritas del propio Juan Ramón Jiménez, las más valiosas, sin duda, de las que se recogen en el trabajo que comentamos.

El 23 de junio de 1916 Carlos Barrie informa a su presidente del incidente: “[…] seguramente el Sr. Don Juan Ramón Jiménez formulará ante usted alguna queja. Según parece el equipaje de bodegas de estos señores sufrió avería por mojadura y al abrirlo en la Aduana encontraron que una parte de su contenido estaba deteriorado”. Al parecer, según la misiva, Juan Ramón se presentó en las dependencias de la Compañía de forma “violenta”, “dejándose decir que él tenía la culpa por viajar en vapores que no eran de pasaje sino cargueros y otras frases por el estilo”. Puesto que el empleado no dio respuesta inmediata, “y la cuestión parece que se agrió”, fue requerida la presencia notarial para levantar acta de la reclamación. Barrie, que coincidió con el matrimonio por la noche en el Hotel de Francia en Cádiz, dio explicaciones a los cónyuges, que consideró que sirvieron para zanjar el asunto, dejando constancia en su carta del “carácter vidrioso y desagradable” de Juan Ramón.

En un escrito de 21 de junio de 1916 de Barrie a Juan Ramón, adjunto a la carta anterior, aquel solicitó a este una estimación del deterioro de los efectos contenidos en el equipaje (“un baúl mío [del poeta] y su contenido de ropa de vestir de señora y de caballero”).

Tras una carta de acuse de recibo, fechada el mismo día 21 de junio, el 22 de junio de 1916, día de la salida en tren hacia Sevilla del matrimonio, Juan Ramón se dirige a Barrie para indicarle que desea evaluar con exactitud los daños, por lo que, antes de concretar, pretende “haber visto detenidamente el contenido del baúl”.

Entretanto, Barrie investiga lo ocurrido, y comunica al Marqués de Comillas en una carta de 8 de julio de 1916 que “ningún otro bulto de equipajes ni de carga de los que estaban estivados (sic) en el mismo local que el baúl del Sr. Jiménez, ha salido averiado, ni con señales de haber estado mojado y que por ello están plenamente convencidos [el Sobrecargo y el Primer Oficial del `Montevideo´] de que la causa de la avería del equipaje del Sr. Jiménez, no es otra que el haber llegado a bordo completamente mojado y al estar, naturalmente, encerrado 12 días en la bodega, ha tenido que producirse el deterioro. Insisten en ello por constarles que el Sr. Jiménez llegó al muelle para embarcar en el `Montevideo´ en los momentos en que estaba lloviendo torrencialmente y su baúl venía en el techo del coche que lo conducía”.

En un informe del Sobrecargo a Barrie de 15 de julio de 1916, se confirma que el 7 de junio anterior, a la salida de Nueva York, “amaneció lloviendo torrencialmente y en estas condiciones de tiempo hubo que hacer las operaciones de embarque de pasaje y equipajes; muchos bultos ya venían mojados […]”. 

El 12 de julio de 1916 Juan Ramón escribe a Barrie y cuantifica los daños en 4.000 pesetas, toda una fortuna: “Después de un aprecio minucioso, sacamos un perjuicio de 4.000 pesetas por baúles, trajes de señora y caballero, pieles de señora, sombreros y zapatos de señora (de baile y de vestir) todo lo cual ha quedado inutilizado por el agua salada”. Para poner en valor esta cantidad, Varela Gilabert señala que 3.500 pesetas es lo que gana al año un catedrático, o 1.500 pesetas un profesor del Conservatorio de Madrid.

El 18 de julio de 1916 contesta Barrie, y recuerda a nuestro poeta que el 7 de junio llovía torrencialmente en Nueva York, así como que, según el Reglamento de Pasaje de la Trasatlántica, la indemnización máxima por daños en las pertenencias de los pasajeros asciende a 500 pesetas. En todo caso, señala que elevará el asunto a la Dirección de la Compañía, como así hace: el Marqués de Comillas, el 20 de julio de 1916, le insta a esperar el siguiente movimiento de Juan Ramón.

La respuesta del poeta no se hace esperar y el 23 de julio contesta, afirmando que la carga del baúl no se efectúo el 7 de junio sino el día anterior, día en que “hacía un sol espléndido”. Sutilmente escribe: “Es cierto que llovió el siguiente, pero mi equipaje no pudo sufrir, por mi culpa, de tal aguacero”. Concluye pidiendo a quién dirigirse para obtener la indemnización en su totalidad, y no solo en la octava parte de los perjuicios (500 pesetas).

Varela Gilabert trae a colación otro poema de Juan Ramón (“Remordimiento”), que podría mostrar la situación el 6 de junio, esto es, la víspera de la partida: “New York, cuarto vacío, entre baúles cerrados”. ¿A quién creer?

El 29 de julio de 1916 Barrie se dirige al Marqués de Comillas, quien, el 31 de julio, ordena el pago de las 4.000 pesetas. Barrie pide a la representación de la Compañía en Madrid, el 7 de agosto de 1916, que efectúe el pago “por razones especiales”. El mismo 7 de agosto cursa una misiva a Juan Ramón comunicándole las noticias y la decisión adoptada personalmente por el Marqués de Comillas.

El 16 de agosto de 1916 Juan Ramón Jiménez firma el recibí de las 4.000 pesetas.

Esta es la historia de la reclamación de Juan Ramón Jiménez a la Compañía Trasatlántica, de la que hemos tenido noticia por la acción de la obra social de una de las muchas cajas de ahorros que poblaron nuestro territorio. Lástima que muchas otras anécdotas de personajes clave de nuestra cultura, en apariencia superfluas, se pierdan en lo sucesivo por el camino, impidiéndonos tomar plena conciencia de nosotros mismos.

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