lunes, 3 de agosto de 2015

Yanis Varoufakis y “El minotauro global” (I de II)

Yanis Varoufakis ha pasado de ser conocido, únicamente, en ámbitos académicos, a ser internacionalmente célebre, tras su fugaz tránsito por el Ministerio de Finanzas heleno. Pocos personajes han despertado tantas adhesiones y rechazos, y tan intensos, como él. Por ejemplo, Anatole Kaletsky, en un reciente artículo (“Why the Greek deal will work”) se refiere a su “provocativa arrogancia”. Antes de ser ministro ya se hizo popular en su país como comentarista de la crisis griega en los medios de comunicación. Ahora es mundialmente conocido (si vale para algo el dato, es seguido en Twitter por 616.000 “followers”).

Desde luego, con su apariencia poco ortodoxa, sus desplazamientos de trabajo en una moto de gran cilindrada, o sentado, durante un debate, en un escalón del parlamento griego con una lata de refresco en la mano (podría ser que de esa multinacional de cola norteamericana que, presumimos, tanto debería detestar), no encaja en el perfil que tenemos en mente de un ministro de finanzas al uso.

En el año 2012 escribió la segunda edición del libro de divulgación “El minotauro global. Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía mundial”, que ha sido publicado en español, en junio de 2015, por la editorial Debolsillo (que, nos permitimos añadir, al margen de las justificadas urgencias editoriales, podría haber cuidado algo más la traducción y el estilo). Tal es el peso que ha ganado Varoufakis últimamente, que en la portada de esta edición en español, a diferencia de en otras anteriores, en las que figura un minotauro yuppie, con traje, corbata y maletín, una foto suya ocupa este destacado espacio.

“El minotauro global” tiene su origen en otra obra, más técnica y académica, titulada “Modern Political Economics”, de Varoufakis, Halevi y Theocarakis.

Quien se acerque a la obra buscando respuestas a la crisis griega encontrará mucho más, pues esta crisis, incluso la europea, no son sino eslabones de la del orden mundial establecido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, con su primera puesta en entredicho en los años setenta del siglo XX, en torno a los Estados Unidos y sus aliados (con exclusión, obviamente, de la URSS y los Estados ocupados que recuperaron su soberanía tras los trascendentales –y no del todo explicados– hechos de 1989 y los años siguientes). 

La obra puede suscitar el rechazo o la aceptación, como su autor, pero al margen de su valoración, que corresponde a cada lector, sí merecen ser destacados algunos argumentos más o menos originales, que pueden aportar claves para la interpretación de la compleja realidad del siglo XXI. Desde luego, algunas tesis conspiratorias, como que Estados Unidos ha urdido un plan de dominio mundial, o que la crisis europea ha sido orquestada o aprovechada, a conciencia, por Alemania, no nos parecen muy presentables, como tampoco la exoneración de culpas o lo liviano de las críticas a las economías particularmente sobre-endeudadas, como la española o, sobre todo, la griega.

Cabe señalar, igualmente, antes de exponer las líneas maestras de “El minotauro global”, que algunos de los argumentos de Varoufakis han sido superados por la realidad, como, por ejemplo, la puesta en marcha de la Unión Bancaria en Europa (del Mecanismo Único de Supervisión y del Mecanismo Único de Resolución, más en concreto). Ciertamente, esta segunda edición de 2012, escrita antes del transcurso de dos años contados desde el lanzamiento de la primera, incorpora unos capítulos finales para someter la tesis principal al “test de falsación popperiano”, que, en opinión del propio autor, se supera ampliamente.

El inconveniente es que, desde 2012, el mundo ha continuado transformándose de forma mareante (el fin de la expansión cuantitativa en los Estados Unidos, la puesta en funcionamiento de la europea, el anuncio y la validación jurídica por el TJUE de las OMT, el rescate del sistema financiero español, la Primavera Árabe, el surgimiento del Estado Islámico, la crisis de Ucrania, la crisis de deuda argentina de 2014, el comienzo de la supervisión bancaria en la eurozona por el BCE, la normalización de las relaciones Estados Unidos-Cuba, la creación de los bancos de inversión chino y de los BRIC, el acuerdo nuclear con Irán, la ralentización económica asiática, las tendencias centrífugas en la UE, la crisis griega de julio de 2015, la crisis bursátil china de verano de 2015, etcétera, etcétera). 

Sería conveniente, por ello, conocer si Varoufakis ha vuelto a someter a “pruebas de resistencia” los argumentos relacionados con el minotauro, lo cual no hemos podido verificar. Pero da igual, pues la base de sus ideas se mantiene incólume, más allá de su acierto o no, y de las consecuencias que de las mismas se puedan desprender, en cuyo caso nos habríamos de adentrar, de cualquier modo, en un terreno resbaladizo por definición.

Los argumentos económicos y financieros comparten terreno, en este libro, con los puramente políticos, que son lo que verdaderamente, para el autor, han marcado el desarrollo de los acontecimientos de los años más recientes. Su estudio, en sí, no implica más que aplicar un análisis imperialista global, con sus ramificaciones y subsistemas regionales, en el que los flujos comerciales, económicos, monetarios y financieros se mueven, como es natural, desde la periferia hacia el centro del sistema. Esto no es nuevo, y ya fue advertido, por ejemplo, por Lenin en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (se puede profundizar en nuestro artículo “Un nuevo orden internacional político y económico para el siglo XXI”, Extoikos, nº 14, pág. 17). En este sentido, tanto da que en el centro pongamos a Roma, Constantinopla, Damasco, Moscú, Londres, Berlín, Nueva York o Pekín. Pero, añadimos, ¿estamos seguros de que es irrelevante cuál sea la ideología predominante del sistema?

Son clave, de un lado, el minotauro, lo que obliga, en primer lugar, a recurrir a la mitología griega, y, de otro, el mecanismo global de reciclaje de excedentes, lo que empuja a relacionar a personas tan distantes, en todos los sentidos, como Keynes y Strauss-Kahn. Pero no nos adelantemos, vayamos paso a paso… Sobre el supuesto“plan” de los Estados Unidos y el mecanismo global de reciclaje de excedentes trataremos en la segunda parte de este post.

La imagen por la que opta el autor, el símbolo que encarna su tesis, es el minotauro, por lo que hay que recurrir a la fuente mitológica para su recta comprensión. 

El rey Minos de Creta pidió un toro a Poseidón, como señal de aprobación, para su sacrificio en honor del dios. Tras su entrega, cautivado por su belleza, Minos perdonó la vida al toro. En represalia, los dioses castigaron a Minos permitiendo que la esposa de este, Pasífae, fuera poseída por el toro, de lo que resultó el engendro del Minotauro. Según fue creciendo el Minotauro, este se fue haciendo cada vez más incontrolable y violento, por lo que le rey Minos encargó al ingeniero Dédalo (el padre de Ícaro) la construcción de un laberinto donde recluirlo. La bestia se alimentaba de carne humana, por lo que Minos, para vengarse de Atenas, tras el asesinato de su hijo por el ateniense rey Egeo, tras vencer en el campo de batalla a los áticos, les impuso el deber de enviar siete muchachos y siete doncellas para servir de alimento, cada año (o cada nueve años, según otras versiones), al Minotauro. La historia concluye con la muerte del Minotauro a manos de Teseo, hijo del rey Egeo de Atenas, lo que permitió el fin de la hegemonía cretense y el amanecer de Atenas (en su regreso a Atenas, Teseo olvidó izar velas blancas, en señal de éxito, conforme a lo acordado con su padre, por lo que Egeo, al contemplar las velas de luto, que acarreaban la muerte de Teseo, se lanzó al mar desde un acantilado, dando así nombre a este mar).

La tragedia minoica no se puede desconectar del rapto de Europa, otro retazo mitológico relacionado con la tesis principal del libro, que entronca con uno de los dramas colaterales, el europeo. Europa era una bella princesa fenicia de la que Zeus se encaprichó. El dios se convirtió en toro blanco y la embaucó para que se subiera a sus lomos, pero antes de que ella pudiera reaccionar se lanzó al Egeo y la llevó hasta Creta. Como señala Varoufakis expresamente, Europa es la bisabuela del Minotauro. Antes de volver con Hera, su esposa, Zeus ofreció varios regalos a Europa, entre ellos Laelaps, un perro de caza que siempre capturaba a su presa. Generaciones más adelante, Laelaps fue encomendado para cazar a la zorra Teumesia, un animal concebido por los dioses para no ser capturado jamás. Se trataba, por tanto, de un reto imposible (¿cómo el de rebajar la deuda pública con medidas de austeridad?). Dado el estéril enfrentamiento, que jamás permitiría al primero atrapar a su presa, y a esta ser atrapada, Zeus se enfadó, convirtió a Laelaps y Teumesia en piedra y los arrojó al cielo nocturno.

El libro que comentamos tiene un punto de arranque bien sencillo: el hegemón resultante de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos, consolidó su rol estelar, por primera vez en la Historia mundial, aumentando su déficit adrede. De este hecho resultó la financiarización de la economía global que vino a reforzar este “reinado” y plantaba las semillas de su futura ruina. Las crisis griega, española o italiana, decíamos, no son más que un síntoma en el cambio de tendencia general, de la herida de muerte del minotauro y del vacío de poder creado tras su pérdida de vigor, en tanto su lugar no sea ocupado por otro ser de parecidas características, como, por ejemplo, un dragón, incluso un aguila...

Varoufakis nos sumerge en su sugerente parábola con el crash de 2008 y la patente  insuficiencia de los patronos del barco para explicar las razones de la zozobra. Alude, por ejemplo, a la ingenua y razonable pregunta de la Reina Isabel de Inglaterra a los profesores de la London School of Economics en 2009: ¿por qué no lo vieron venir? Posiblemente, apunta Varoufakis, la acumulación de deuda, privada y pública, sin límite, y la creencia de que todos los riesgos estaban debidamente identificados y controlados (“riesgo sin riesgo”) explican el declive: “al creer que había diluido el riesgo con éxito, nuestro mundo financiarizado creaba tanto que fue consumido por él”. 

Posteriormente, señala otros elementos que coadyuvaron a que se desataran todos los males, en los cuales, al no añadir nuevos elementos a los ya conocidos, no nos vamos a detener, aunque los citamos: el neoliberalismo de Reagan y Thatcher, la designación de Alan Greensan como presidente de la Reserva Federal (y, previamente, de Paul Volcker, un verdadero actor principal en este drama, como veremos), el papel desempeñado por los organismos reguladores –y el rol cardinal de la norteamericana Ley Glass-Steagall en los años de la Gran Depresión– y por las agencias de calificación crediticia, los derivados, la innovación tecnológica y financiera, la codicia, las “prácticas casi criminales y con productos financieros que cualquier sociedad decente tendría que haber prohibido”, las primas de los banqueros de inversión, el origen americano de la crisis y su contagio a Europa…

En suma, cuanto más alto vuela el sistema capitalista, “más se aproxima al momento de su propia ruina, de forma muy parecida al mítico Ícaro. Después, tras el crash (y a diferencia de Ícaro), se levante del suelo, se sacude el polvo y vuelve a embarcarse en la misma ruta una y otra vez”.

En este punto entra en juego la famosa tesis de Varoufakis: el crash de 2008 se produjo cuando una bestia, el minotaruro global, fue gravemente herida. “Mientras dominaba el planeta, su puño de hierro fue implacable, su reinado atroz. Sin embargo, mientras conservó la salud, mantuvo la economía global en un estado de equilibrado desequilibrio. […] Hasta que no encontremos la manera de vivir sin la bestia, una incertidumbre radical, un estancamiento prolongado y la renovación de una inseguridad extrema estarán a la orden del día”. 

Pero, ¿qué es, realmente, el minotauro global? Varoufakis lo asocia con los crecientes “déficits gemelos” de los Estados Unidos, el presupuestario y el comercial, y los mecanismos de financiación de los mismos por el resto del mundo. Las economías más grandes del mundo (Alemania, Japón, más adelante, China) producían bienes en masa para el consumo norteamericano. Posteriormente, el 70%, aproximadamente, de los beneficios generados, se reinvertían en los propios Estados Unidos, a través de la transferencia de flujos monetarios a Wall Street, que los transformaba en inversiones directas, acciones, nuevos instrumentos financieros y préstamos (quedando, a cambio, un residuo de beneficios –“dinerillo”– para los banqueros). 

Lo visto a partir de 2008, incluida la financiarización de casi todos los aspectos de la vida de las personas, “son meros subproductos de los masivos flujos de capital necesarios para alimentar los dos déficits de Estados Unidos”. 

Todo esto se urdió (y regresamos a las tesis conspiratorias) merced a un “plan internacional” tejido en los años setenta del siglo XX, sobre las cenizas de una Europa y un continente asiático devastados por la guerra tres décadas antes. 

El parecido entre este mecanismo y el relato mitológico del minotauro es evidente, lo que permite identificar el orden mundial con el mito cretense: el papel de la bestia lo asumió el doble déficit americano, y, el del tributo, la forma de afluencia de productos y capitales desde la periferia hacia los Estados Unidos. 

A diferencia del minotauro, que fue asesinado por Teseo, el fin del minotauro global llegó de pronto, sin ataque alguno, al son de la caída del sistema bancario. “La nueva era se resiste tozudamente a mostrar su verdadero rostro. Hasta que lo haga, permaneceremos en el estado de aporía provocado por 2008”.

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