jueves, 17 de marzo de 2016

De Auschwitz a la Corte Internacional de Justicia, pasando por el control de los bancos suizos

«Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz».

Las benévolas (2006), Jonathan Littell

Damos por hecho que hemos nacido en época de paz, que tenemos derecho a un presente lleno de bienestar material y comodidad, que las guerras y los atropellos los sufren otros y que nunca seremos víctimas. 

Presenciamos crímenes y destrucción cómodamente a través de nuestros televisores, móviles y tabletas, mientras apuramos una taza de café, sin saber que la línea que nos separa, en el espacio y en el tiempo, de nuestros desafortunados hermanos es mínima.

Creemos que la libertad es eterna y, con orgullo y autosuficiencia, que la opresión y el totalitarismo son cosas del pasado, propias de torpes políticos y ciudadanos incapaces de los que nos separan años luz, que no son tantos sesenta millones de muertos.

Thomas Buergenthal ha sido juez de la Corte Internacional de Justicia de la Organización de las Naciones Unidas, lo que, más allá de la admiración y el respeto que ello genera, no debería llamar especialmente nuestra atención. Sin embargo, tenía cinco años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, y le tocó vivir el infierno de la guerra, de ser un refugiado, de vagar por Europa y de los campos de exterminio nazis. En 1945, con 11 años, era un verdadero superviviente. 

Su experiencia la narra en el libro «Un niño afortunado. De prisionero en Auschwitz a juez de la Corte Internacional» (Plataforma Editorial, 2008).

De padres alemanes judíos emigrados a Checoslovaquia, nació en este país, en Lubochna, en mayo de 1934. La invasión alemana de Checoslovaquia al comienzo de 1939 obligó a la familia a desplazarse a Polonia, desde donde trataron de trasladarse a Inglaterra, previa obtención de los visados necesarios. Tras varios meses de espera, el día que debían partir hacia la isla, el 1 de septiembre de 1939, Alemania y la URSS invadieron Polonia, frustrando sus planes. 

Durante la estancia polaca, su madre visitó a una adivina, que, ante la regañina de su esposo, le auguró que su hijo sería «niño afortunado» y que saldría indemne del futuro que le esperaba. Al parecer, esta experiencia marcó positivamente la actitud de su madre durante los duros años del conflicto.
 
A Auschwitz llegó en 1944, tras penosos episodios cargados de muerte y fuego, junto con su padre, que, trágicamente, no logró recuperar la libertad y fue asesinado algo más tarde. Previamente, fue separado de su madre, pero esta sí supero las desgracias y madre e hijo se reencontraron al concluir la guerra.

En Auschwitz fue tatuado con su número de identificación en el campo de exterminio: B-2930. Este número, algo descolorido, permanece en su brazo izquierdo: «Forma parte de mí y me sirve como recordatorio, no tanto de mi pasado como de la obligación que considero fundamental como testigo y superviviente de Auschwitz: combatir las ideologías que pregonan el odio y la superioridad racial o religiosa, y que tanto sufrimiento han causado a la humanidad a lo largo de los siglos». 

En más de una ocasión estuvo cerca de ser seleccionado por el doctor Mengele como instrumento para el desarrollo de sus aberrantes experimentos. Solo el azar y el ingenio le permitieron escabullirse cuando se producían las macabras selecciones.

Antes de ser liberado por los soviéticos en Sachsenhausen (Alemania), sufrió la conocida como «marcha de la muerte de Auschwitz», en pleno invierno, a pie y en trenes descubiertos destinados al transporte de mercancías, tras la cual, debido al frío, perdió dos dedos de un pie por congelación.

Bruegenthal pasó algunos años tras el fin de la guerra en Gotinga, de donde era originaria su madre. En Gotinga, Thomas experimentó un sentimiento de venganza cuando veía a familias completas de padres, hijos y abuelos paseando alegremente por las calles, con la certeza de que, sin duda, muchos de ellos habían estado del lado nazi durante la guerra y habían asesinado a gente como su padre o sus abuelos: «Tardé bastante tiempo en superar esos sentimientos y admitir que semejantes actos indiscriminados de venganza no le devolverían a la vida ni a mi padre ni a mis abuelos. Tardé aún más tiempo en admitir que uno no puede pretender proteger a la humanidad de crímenes como aquéllos a menos que se luche por romper el círculo de odio y violencia, círculo que invariablemente conduce al sufrimiento de seres humanos inocentes». 

Estas palabras, de la mano de una víctima del exterminio, ofrecen una idea de la dignidad y de la grandeza de quien las pronuncia.

A propósito de lo anterior, nuestro autor también muestra sus dudas acerca de que el éxito del proceso de desnazificación posterior al fin de la guerra fuera un éxito absoluto: «Tuve la impresión (y no era más que eso) de que algunos de ellos [profesores, en concreto] bien pudieron ser “desnazificados” sin por ello renegar de sus puntos de vista nazi».

Otra muestra de grandeza es la reflexión de Thomas Buergenthal sobre el deber de las víctimas de tratar con respeto al pueblo alemán, en general: «No porque buscásemos su gratitud o quisiésemos demostrarles nuestra generosidad de espíritu, sino sencillamente porque nuestra experiencia debía enseñarnos a sentir empatía con aquellos seres humanos que pasaban necesidad, fueran quienes fueran. Al mismo tiempo, por ciento, yo estaba convencido de que los alemanes que habían ordenado o cometido los crímenes de los cuales los nazis eran responsables debían ser castigados, pero no los alemanes en general por el mero hecho de ser alemanes. […] es nuestra obligación trabajar en pos de un mundo donde nadie, cualquiera que sea su raza, religión o nacionalidad, pueda ser sometido al sufrimiento que nosotros experimentamos. […] Muchos de nuestros familiares y amigos en Estados Unidos jamás comprendieron lo que queríamos decir cuando intentábamos explicar que, aunque era importante no olvidar lo que nos había ocurrido en el Holocausto, igualmente importante era no responsabilizar a los descendientes de los asesinos por lo que se nos había hecho, pues de otro modo el ciclo del odio y violencia no acabaría nunca».

Thomas Buergenthal emigró en 1951, con 17 años, a los Estados Unidos, en un viaje, rodeado de refugiados de otras muchas nacionalidades, que buscaban este país como una tierra de promesa. La entrada en el puerto de Nueva York, acariciando la Estatua de la Libertad, se nos muestra como uno de los momentos más emocionantes de su vida.

Tras formarse y especializarse en protección internacional de derechos humanos, desempeñó diversos cargos de responsabilidad, siendo designado por los Estados Unidos en el año 2000 como juez de la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de las Naciones Unidas, mandato que se extendió hasta 2010.

Curiosamente, en 1999 fue nombrado vicepresidente del Tribunal Arbitral para Cuentas Inactivas en Suiza («Claims Resolution Tribunal for Dormant Accounts in Switzerland»), del que era árbitro desde el año anterior. El objeto de este singular Tribunal consiste en buscar cuentas bancarias sin reclamar relacionadas con el Holocausto y ayudar a identificar a sus dueños o sus herederos. Muchos ricos judíos depositaron sus fondos en Suiza con el propósito de recuperarlos al concluir la guerra, pero muchos de ellos fueron asesinados y nunca pudieron regresar a reclamar el dinero de su propiedad. 

Los bancos suizos se beneficiaron, algunos con mala fe, de esta situación, pues «utilizaron esos fondos durante más de medio siglo con la esperanza de no tener que rendir cuentas jamás de su inesperada ganancia». Los bancos destruyeron, en ocasiones, la documentación, o consumieron los fondos a través del cargo de comisiones, o informaron, maliciosamente, de forma inadecuada a algunos herederos.

Esta es la extraordinaria experiencia de Thomas Buergenthal. A cada uno le corresponde decidir si cabe extraer alguna enseñanza de ella, relegarla al terreno de la literatura o, simplemente, al olvido, y si estas historias pertenecen al pasado o pueden tener algún reflejo en el presente.

1 comentario:

  1. Verdaderamente aleccionador. La mejor filosofía de la vida "mirar hacia adelante". Gracias popr la reflexión

    ResponderEliminar