sábado, 18 de junio de 2016

El neoliberalismo: ¿sobrevalorado?

«Enriquecerse es glorioso», Deng Xiaoping

El consenso económico neoliberal (o «consenso de Washington») se refiere a «la organización de la economía global (con sus sistemas de producción, sus mercados de productos y servicios y sus mercados financieros) y promueve la liberalización de los mercados, la desregulación, la privatización, el minimalismo estatal, el control de la inflación, la primacía de las exportaciones, el recorte del gasto social, la reducción del déficit público y la concentración del poder mercantil en las grandes empresas multinacionales y del poder financiero en los grandes bancos transnacionales» [De Sousa Santos, B. (2011), «Reinventar  la democracia. Reinventar el Estado», Sequitur, 2ª ed., 2ª reimp.]. Este pretendido orden se enlaza con la subordinación de los Estados a determinadas agencias multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Este ambiente es propicio para que los grandes fondos de inversión («hedge funds») puedan imponer determinadas restricciones a los Estados como paso previo a su desembarco, con la paradoja que es un ente privado el que doblega al poderoso leviatán soñado por Hobbes o Bodino.

Thomas Friedman, columnista del «New York Times» llama a estas restricciones «the Golden Straitjacket» [cit. en Naím, M. (2014), «The End of Power», Basic Books, págs. 101 y 102):

«To fit into the Golden Straitjacket a country must either adopt, or be seen as moving toward, the following golden rules: making the private sector the primary engine of its economic growth, maintaining a low rate of inflation and price stability, shrinking the size of its state bureaucracy, maintaining as close to a balanced budget as posible, if not a surplus, eliminating and lowering tariffs on imported goods, removing restrictions on foreign investment, getting rid of quotas and domestic monopolies, increasing exports, privatizing state-owned industries and utilities, deregulating capital markets, making its currency convertible, opening its industries, stock and bond markets to direct foreing ownerhip and investment, deregulating its economy to promote as much domestic competition as possible, eliminating government corruption, subsidies and kickbacks as much as possible, opening its banking and telecommunications systems to private ownership and competition and allowing its citizens to choose from an array of competing pension options and foreing-run pension mutual funds. When you stitch all of these pieces together you have the Golden Straitjacket. […] As your country puts on the Golden Straitjacket, two things tend to happen: your economy grows and your politics shrinks. That is, on the economic front the Golden Straitjacket usually fosters more growth and higher average incomes —through more trade, foreign investment, privatization and more efficient use of resources under the pressure of global competition. But on the political front, the Golden Straitjacket narrows the political and economic policy choices of those in power to relatively tight parameters. […] Governments —be they led by Democrats or Republicans, Conservatives or Labourites, Gaullists os Socialists, Christian Democrats or Social Democrats— that deviate too far from the core rules will see their investors stampede away, interest rates rise and stock market valuations fall».

En esta senda de pensamiento, aunque con un enfoque mucho más amplio en el que ahora no nos vamos a detener, se mueve la sugerente obra de Hernando de Soto «El misterio del capital. Por qué el capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el resto del mundo» (2000) (en el nº 18 de Extoikos, a lo largo de 2016, se publicará mi comentario a este libro).

La tesis principal de De Soto es que el capitalismo no debiera ser privativo de Occidente, sino que, con la debida metodología, se podría extender a otras zonas del planeta, movilizando recursos ociosos y «durmientes» en beneficio de los más desfavorecidos y, por añadidura, del conjunto social. El capitalismo (que se puede identificar con Occidente) necesita para su pervivencia la estabilidad del conjunto de los países menos desarrollados que le rodean, lo que ha llevado a los líderes norteamericanos y europeos a aconsejar a los países emergentes que estabilicen sus divisas, admitan el libre comercio, privaticen las empresas públicas, impongan la transparencia en el sector bancario, contengan las protestas sociales y aguarden con paciencia, como punto de llegada, el retorno de los inversores internacionales. Las reacciones adversas al capitalismo no se han hecho esperar, tanto en los países más pobres como, cada vez más, dentro de las sociedades avanzadas.

En la discusión abierta desde hace décadas, lo sorprendente ha sido un breve «paper» escrito por Jonathan D. Ostry, Prakash Loungani y Davide Furceri, todos ellos integrantes del Fondo Monetario Internacional, institución que, como hemos mostrado, se identifica con la aplicación de medidas de corte neoliberal, en el que se ponen en entredicho algunas pretendidas bondades de la agenda neoliberal.

El artículo en cuestión se titula «Neoliberalism: Oversold?», y ha sido publicado en el número de junio de 2016 de la revista «Finance & Development».

Según este artículo, el neoliberamismo descansa en el incremento de la competencia y en la jibarización del Estado. Se admite que hay aspectos positivos, desde luego, en la agenda neoliberal, como la expansión del comercio internacional, que ha servido para rescatar a millones de personas de la pobreza, o el fomento de la inversión extranjera, que ha sido un instrumento para transferir tecnología y «know-how» a los países en desarrollo. La privatización de empresas públicas ha conllevado una prestación más eficiente de ciertos servicios y la reducción de la carga fiscal de los Estados.

Sin embargo, se detectan dos ámbitos que pueden acarrear más efectos negativos que favorables sin el debido control: la supresión de las restricciones al libre movimiento de capitales más allá de las propias fronteras, y las medidas de consolidación fiscal (austeridad, en lenguaje más llano).

Estos tres autores concluyen que «los beneficios de algunas políticas que son parte importante de la agenda neoliberal podrían haber resultado sobrevalorados», así como que «la evidencia del daño económico derivado de la mayor desigualdad sugiere que los decisores políticos deberían estar más abiertos a la redistribución de lo que actualmente están».

Se agradece este ejercicio de autocrítica que arduamente habría sido realizado, creemos, desde el seno de otras ideologías que han quedado relegadas a la Historia.

1 comentario:

  1. Es probable que a través del neoliberalismo se esté socavando la soberanía de las naciones occidentales, dejándolas inermes ante los grandes poderes económicos

    ResponderEliminar